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El ilusionista

La historia se ha contado de varias formas; evoca un origen centenario en algún país oriental. Un hombre cruza con frecuencia la frontera, va con su burro y un paquete que es invariablemente revisado por los guardias, quienes están seguros de que el tipo es contrabandista, aunque no pueden probarlo. Rutinariamente el escrutinio no arroja nada y el jinete pasa sin problemas ante la sospecha renovada de los cancerberos. A la vuelta de los años, uno de los vigilantes, ya en retiro, se encuentra al sospechoso. “Los dos estamos fuera de circulación, así que ya no importa la respuesta. Dime, ¿qué es lo que contrabandeabas?”, el guardia queda atónito al escuchar: “¡Burros!”.

La anécdota es una muestra de la falibilidad humana. Hay ocasiones en que lo evidente no lo es tanto y caemos en el engaño. Tiene que ver con cómo percibimos la realidad. Lo que vemos, escuchamos, sentimos o pensamos está condicionado por lo que esperamos ver, oír, sentir y pensar. Esta predisposición se forma de todo lo que hemos experimentado en el pasado. Así, el cerebro es el gran editor de nuestra realidad. Ejemplo: ¿pro qué lso roreres de esat oarción imoprtan poco? Nuestros ojos ven, el cerebro edita en función del conocimiento previo que tiene del lenguaje; así, entendemos lo que dice ahí a pesar de que no lo dice ahí. Este recurso cognitivo en ocasiones nos juega al revés.

De alguna forma nuestro cerebro es “hackeable”. Esta es la razón por la cual funciona la magia. Sobre el escenario, un prestidigitador ha estudiado nuestras reacciones y se dispone a burlar nuestros sentidos, estamos ahí gozosamente, para ser timados. El ilusionista distrae nuestra atención mientras estira un brazo o fija su atención en algún punto, acompaña su gesticulación corporal y su vista hacia una zona determinada, generando tensión en una mano mientras el truco sucede en la opuesta, en aquello que dejamos de ver tan sólo por fracciones de segundo. Técnicamente se conoce como desplazamiento de atención.

El presidente de México, que presume de honorabilidad y buenas intenciones (aunque se carcajea de las masacres), quiere que en la boleta electoral del próximo año esté la consulta o plebiscito sobre el potencial enjuiciamiento a los expresidentes. Someter a votación popular el ejercicio de la ley es un absurdo que envidiaría Samuel Beckett. Es también una astuta maniobra de manipulación, se trata de un efecto distractor que acapararía la atención de millones de votantes a quienes se les recordará la promesa (incumplida, por cierto) de erradicar la corrupción, con el efecto de hacer que los votantes entren en el mismo estado anímico de las pasadas elecciones presidenciales. Tal cual, como hacen los magos, un efecto distractor mientras el truco sucede en otro lado. Una especie de secuestro psicológico de las elecciones, por alguien que se dice demócrata y respetuoso de la ley. Confío en que la Suprema Corte no se prestará a tal manipulación.

Por supuesto que esta tradición de crear ilusiones en el pueblo no es exclusiva de la autollamada Cuarta Transformación. Fiel a su genealogía priista, el actual régimen emula bien el conjunto de trucos del partido que hizo de la política, en buena medida, un ejercicio de simulación, nada más que el alumno superó al maestro. David Copperfield, reconocido ilusionista, desapareció un avión. El nuestro (nuestro avión, no nuestro ilusionista) no desaparece, ni se vende, ni se rifa ni se usa, pero sirve para distraer y crear la ilusión de combatir a un enemigo. Probablemente el mayor acto de ilusionismo en el mundo sea la autollamada Cuarta Transformación.

Así como la audiencia del mago completa la ilusión al creer que vio algo que no está ahí (percibir el serrucho que cercena un cuerpo, por ejemplo) habrá cientos de miles de personas que seguramente creerán que están votando para encarcelar a expresidentes, serán comparsa en una gran pantomima populista que no busca justicia, sino más votos y poder.

Conocí hace tiempo al famoso mago Jamy Ian Swiss. Generosamente me enseñó a perfeccionar un truco que yo practicaba. Sus palabras son vigentes para quien mueve los hilos de México: “Ser mago es el oficio más honesto que existe, te promete que va a engañarte y eso es precisamente lo que hace”.