Cuando los mexicanos viajamos, no solo llevamos maletas, llevamos respuestas. Hace unos años me mudé temporalmente a California. Como parte de mi actividad profesional iba y venía a México con regularidad. Cierta vez, estando en nuestro país, recibí una llamada en tono de alarma: mi esposa me decía que no encontraba en las tiendas desinfectante para frutas y verduras, que le llevara uno de México. Le cumplí el pedido. Al regresar visité varias tiendas y comprobé efectivamente la ausencia de aquel artículo en los pasillos de los autoservicios. ¿Por qué faltaba algo que, más que ser de “primera necesidad”, era de sobrevivencia?
La respuesta no estaba en el anaquel, sino en la ausencia. Tiene que ver con entender el código cultural, esa instrucción instintiva, una programación que tiene respuestas automáticas y es parte de nuestra forma de ver el mundo. Cuando viajamos va con nosotros, como si fuera un mapa. El problema es que cambiar de territorio no cambia el mapa. Y entonces te das cuenta de la obviedad: no venden desinfectante de frutas y verduras porque no hay necesidad de desinfectarlas. Hay soluciones tan arraigadas que olvidamos el problema que las originó.
Bajo la misma lógica aparecieron otras grietas culturales. Esas cosas que en primera instancia uno dice “pero cómo es posible que aquí no haya…”. La mayoría de las casas gringas no tienen el elemental “baño de visitas”, porque suelen no tener visitas. ¿Para qué querrían algo tan inútil cuando podrían usar ese espacio para colgar los abrigos que se usan en invierno? Los mexicanos pensamos en cómo vivir la casa bajo la lógica de quien es anfitrión todos los fines de semana. Nuestra sociabilidad extrema impone diseñar espacios que se expanden con una puerta corrediza y prever el día en que los López llegarán sin avisar. Lo que en otra cultura sería una imprudencia, en México, al menos durante mi niñez, era una “agradable sorpresa”. Uno sabe que el baño de visitas siempre debe estar listo.
Y mejor no hablemos del “cuarto de servicio”.
Como toda costumbre es la memoria de un problema, cuando escuchamos un cencerro o una campana, los mexicanos no pensamos en hermosas vacas pastando en praderas, pensamos en el camión recolector de la basura. Y además bajo un sentido de urgencia. En otros países no hay ese aviso sonoro, el servicio se da con regularidad. ¿Para qué avisar lo que sabes que va a suceder? En México la campana no solo es señal de recolección, notifica que lo improbable está ocurriendo. ¿Para qué sacar días antes la basura a la calle? Lo que en un país sería programación, entre nosotros se vuelve un acto inútil, que solo agradecerán los gatos que hurgan en los basureros.
Visto en retrospectiva, no era que faltara un producto, un espacio en casa o un servicio, eran necesidades que no existían. Pero uno no lo sabe hasta que no reconfigura su mapa mental del nuevo territorio. La cultura es un sistema de respuestas a soluciones específicas. Y así como cambia el código postal, cambia el código cultural. Por esta razón fracasan muchos productos y servicios que en otras latitudes tienen éxito. No es un tema de “comunicación” o de “lenguaje”, es un tema de códigos culturales. Sin embargo, en la empresa rara vez se preguntan: “¿Lo que vendemos está alineado al código cultural de tal mercado?”.
Como crecimos bajo el acecho de la salmonelosis y la diarrea, para un mexicano, un desinfectante es más que higiene, es desconfianza sanitaria. Del mismo modo, un baño en el “área pública” de la casa es más que arquitectura, es sociabilidad elemental, es decir: “Te esperaba”. Y una campana en la calle es más que ruido, es buena noticia. Las soluciones no son neutras, son respuestas adaptativas originadas entre lo que heredamos y lo que aprendemos.
En Japón no hay botes para basura en la vía pública. Los japoneses no tiran desechos, los llevan consigo hasta que pueden depositarlos en su casa. Su código cultural implica que eso no es responsabilidad pública, es responsabilidad individual. Lo que una cultura considera normal, otra lo considera innecesario. Y en esa diferencia se revela no quién tiene razón, sino qué problema está resolviendo cada una.
Al viajar, no extrañamos productos, nos faltan los problemas que aprendimos a necesitar.