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El Barrio y la muralla

Camino por los quebradizos callejones del Barrio Gótico, en Barcelona, cargado de simbolismos históricos como suelen ser las estrechas calles fundacionales de las capitales europeas. Sobre unas ruinas de origen romano se levanta un edificio de apartamentos, las excavaciones arqueológicas evidencian la natural transformación de la ciudad. Más que las capas de historia que ahí se acumulan, me llaman la atención unas mantas colgadas en señal de protesta, la primera tiene un dinosaurio cuya cabeza está enmarcada por un círculo rojo y cruzada por una diagonal (como una señal vial de prohibición) y dice “Ens quedem al barri… fora especuladors” (“Nos quedamos en el barrio… fuera especuladores”) y la segunda en inglés: “Tourism kills the city”, adornada con una calavera. Las dos se refieren a un mismo fenómeno, la batalla de los locales contra la plataforma de renta de vivienda Airbnb.

A raíz del gran crecimiento de la oferta de alquiler para el turismo, muchos propietarios han decidido rentar para estos fines en lugar de seguir arrendando a los ciudadanos locales de siempre, dado que aquello es mucho más lucrativo que lo segundo. Esto ha provocado un alza en las tarifas de renta y que muchos de los arrendatarios tengan que migrar a otros sitios. El desprendimiento forzado de sus zonas de tradición está erosionando el tejido social del barrio, por lo que los vecinos han decidido enfrentar a la plataforma digital que promete un alojamiento entre locales y con poesía afirma en su eslogan: “Pertenece a todos lados”.

Irónicamente, esta promesa de marca (pertenecer a todos lados, al menos por unas horas) está haciendo que muchos habitantes dejen de pertenecer a sus comunidades de tradición. Aunque la empresa ha argumentado que hace un bien a la comunidad al incrementar la derrama económica, lo cierto es que Barcelona no es el único lugar donde los locales han enfrentado a la exitosa compañía de alquiler. Tokio, Berlín y San Francisco también enfrentan dilemas similares.

Estoy a favor de la globalización, sin embargo creo que debe ser regulada, pues su fuerza llega a ser tal que desequilibra la economía y afecta a los locales. Por otro lado, el fenómeno está sacando a la superficie una de las características de la condición humana: la ambición, madre de la especulación, particularmente la inmobiliaria, que de muchas formas desplaza comunidades y reescribe equilibrios. La ambición ha terminado con reinos y con la fisonomía de las ciudades, Airbnb y compañías similares no son culpables de ello aunque ahora sean vehículo para especuladores.

El tema abre sin duda una discusión ancestral: ¿cuánta apertura y cuánta protección convienen? Dilema tan medieval como el mismo Barri Gòtic. Aunque la visión “pensar global y actuar local” es sugestiva y tal vez idílica, me parece que la globalización desmedida y sin controles apunta a un asunto de escala corporativa, mientras que lo local es un contrapeso para conservar la escala humana. El asunto no es volver a la economía de la mula y el trapiche sino de qué forma ese pequeño comerciante puede mejorar su condición de vida, su producción y aumentar su mercado con la tecnología moderna, sin perder elementos de su tradición. Uno de los retos del capitalismo es promover un equilibrio sustentable donde a pesar de ser globales se tenga un sentido local arraigado. El papel del Estado y otras instancias no gubernamentales debería ser parte del contrapeso.

Llegar a una población y leer en las fachadas nombres desconocidos de cafeterías y otros comercios, que en nada se parecen a los de tu lugar de origen, es reconciliador con el sentido de pertenencia. Cuando se sustituye la pizarra manuscrita por un letrero luminoso que es idéntico en las otras 3000 sucursales, algo del barrio se muere. Un acierto de varias firmas globales ha sido su esfuerzo por integrarse a la comunidad local sin arrasar con la tradición.

Salí de la zona gótica con sentimientos encontrados, algo de sus años me invadió como un soplo de nostalgia, un lamento medieval por los muros caídos y como si miles de voces clamaran ayuda para levantarlos de nuevo y abrazar la vieja ciudad con torres, almenas y barbacanas.

Podemos salir del barrio, pero seguimos habitando detrás de la muralla.