En el México de Santa Anna hubo un impuesto inédito. Se asumía que quien tenía más ventanas y más puertas en la fachada, tenía más riqueza. Ciento setenta años después se ha perfeccionado el sistema: ya no se cobra por las ventanas y puertas que tienes, sino por las puertas que necesitas cruzar. Hablo en sentido figurado. La avaricia contemporánea ya no consiste en cobrar por lo que tienes, sino en cobrar por lo que necesitas.
Las aerolíneas han perfeccionado el arte de cobrar por la necesidad. “¿Necesitas viajar mañana? Paga más”. “¿Quieres llevar equipaje en cabina? Paga más”. “¿Sentarte con tu familia? Paga más”. “¿Tranquilidad con check in anticipado? Paga más”. “¿Espacio para las piernas? Paga más”. El boleto ya no compra el viaje; apenas compra el derecho a empezar a negociar sus incomodidades.
Y así, lo que compramos no es realmente el servicio, es la reducción a una molestia creada previamente.
¿Por qué muchos giros se volvieron más caros? Porque dejaron de competir por servir mejor y comenzaron a competir por extraer más valor de quien ya está adentro y quiere evitar las molestias que ellos mismos añadieron.
Las plataformas de televisión de paga prometían una programación sin interrupciones… hasta que llegaron los anunciantes. Ahora, como privilegio, te dan la opción de una suscripción “plus”. “¿Así que te molestan los anuncios?, buenas noticias, sube a nivel plus… paga más”. Ver un partido de futbol se ha vuelto un suplicio. Los locutores tienen que ser también merolicos de “increíbles promociones” y de estúpidas y forzadas referencias entre productos y el futbol.
Un caso emblemático de captura de rentas es la FIFA, que ha convertido al Mundial en una de las puertas más rentables del planeta. A pesar de su discurso de inclusión, estamos en el Mundial más caro y excluyente de la historia. Nunca como ahora hay tantas prohibiciones para difundir y hasta hablar del campeonato mundial usando palabras que ese monopolio ha registrado como propias. Nunca como ahora se ha sabido de tantas imposiciones a gobiernos. Por supuesto, la invitación a asistir ahí está: paga. Y paga más. Según Gianni Infantino, es un asunto de mercado. Difícil coincidir. Cuando sólo existe una puerta, el precio no lo fija el mercado; lo fija el dueño de la puerta.
No cuestiono la ganancia, sino la captura de rentas: cuando el éxito depende menos de crear valor que de controlar el acceso a él.
Lo mismo ocurre con algunos centros comerciales. No cobran sólo por estacionar un vehículo; cobran por acceder al consumo. No me opongo al cobro de estacionamiento. Debe mantenerse y vigilarse. Pero si la intención es atraer compradores, esa puerta debería financiarla quien se beneficia de su cruce: el locatario, no el visitante. O al menos condicionar su cobro al consumo.
El antídoto no es el control de precios. Es el incentivar más oferta. Que haya más aerolíneas para que existan verdaderamente las de bajo costo, que haya más sistemas de televisión por paga, que haya más opciones de transporte en aeropuertos y que hubiera otro organizador de una competencia internacional de futbol. Así los monopolios perderían fuerza. Hablaríamos de un mercado de compradores, no de vendedores. Así verdaderamente compraríamos productos y servicios, y no solo accesos, que a veces rayan en un “derecho de piso”.
Sin más oferta, difícilmente los monopolios disminuirán su avaricia. El remedio principal sigue siendo la competencia. Pero existe otro contrapeso menos comentado: las instituciones capaces de impedir que quien controla una puerta cambie las reglas a su antojo.
Por eso resulta interesante el reciente fallo en favor de los propietarios de palcos del Estadio Azteca. Más allá de simpatías o antipatías políticas hacia el renovado Poder Judicial, el caso ilustra una función esencial: poner límites a quienes pretenden apropiarse de derechos previamente adquiridos.
No se trata de prohibir ganancias. Se trata de multiplicar alternativas. Más oferta. Más competencia. Menos monopolios. Menos puertas controladas por pocos. Finalmente, la libertad económica no consiste sólo en poder pagar una puerta. Consiste en que existan muchas puertas para elegir, y en que se sepa que quien controla una puerta no es dueño de todo lo que hay detrás de ella.