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Odile, Eladio y Foucault

Supongamos que se llama Eladio. Supongamos que pasó una noche en una pequeña bodega con su familia, resguardado de vientos que, a más de 200 kph, arrancaron postes de la red eléctrica, voltearon autos, destrozaron ventanas, muebles, plafones; ahogaron caminos, torcieron metales, sembrando la destrucción y astillando el alma de un lugar llamado Los Cabos.

Al día siguiente Eladio empuja con dificultad un carrito de supermercado atiborrado de mercancía por una calle que parece un río, el cauce del agua, a las rodillas, amenaza con hacerle perder el equilibrio y, lo peor, llevarse la pantalla de televisión que corona la rapiña y eleva aquel rectángulo de plasma por encima del agua potable y medicinas; total, diría Eladio, Odile se llevó todo, pero nos trajo tele nueva.

Como Eladio, miles de personas pasaron de la sorpresa al miedo y luego a los saqueos, demostrando que la fragilidad humana, al menos en esta zona de Baja California, no aguanta un huracán categoría 3, pero tampoco la pobrísima cultura de prevención y la lentitud de las autoridades para actuar.

Michel Foucault diría “se los dije”. El filósofo francés argumentó que la ciudad moderna, incluso el Estado actual, son meras ilusiones, espejismo que se sostiene de una delicada red de alfileres, mecanismos de control que operan cotidianamente: la policía, los semáforos, la disciplina en la fila de la escuela, las cámaras de vigilancia, el orden peatonal en un crucero, el intercambio recíproco del mercado, la previsible rutina del trabajo, en fin, de todo aquello que compacta lo que llamamos orden normal de las cosas, la vida homogénea.

Cuando se fractura este orden y se alteran o interrumpen los mecanismos de control y la ciudad ya no funciona como ciudad, y el Estado no es Estado y no cumple su función esencial: proteger a sus habitantes, la realidad se desvanece y emerge un territorio salvaje donde impera una lucha por la sobrevivencia en el que las personas tratan de establecer su propio orden (desde saquear una tienda hasta poner barricadas de protección vecinal). La voz de la manada impera sobre el individuo, los actos colectivos moldean la percepción (y ésta, la realidad), generando caos y conductas que se autojustifican.

Una vez derrumbado el orden social, ciudad y selva son lo mismo, a menos que haya señales de contrapeso que normen el flujo de la tribu, que detengan la estampida, que provoquen nuevas percepciones. Es aquí donde me parece que las autoridades, incluso empresas y población civil, fallaron. La tecnología hace de la predicción de huracanes casi una ciencia exacta, la tarea de las autoridades es estar preparadas para lo peor, no para lo mejor.

Tengo amigos que el mismo domingo que pegó Odile, horas antes abordaron un avión hacia Los Cabos. El personal de la aerolínea dijo que no había riesgo. Ahora la empresa dice que nunca tuvo un aviso, de autoridad competente, que detuviera la llegada de cientos de pasajeros al desastre (mis amigos tuvieron dos intentos de aterrizaje por los fuertes vientos).

Ni el gobierno local ni el federal previeron para lo peor, fueron reaccionarios cuando tenían que haber sido previsores, con campañas que orientan el comportamiento (como simulacros de sismo), con información previa que tranquilice (ante el miedo de la escasez de agua y alimentos, surge la agresividad primal): “tenemos abasto de agua y víveres, eviten tal cosa”. Odile rebasó la naturaleza humana y puso en evidencia la frágil estructura de protección gubernamental que tenemos.

Cuando se restablezca la energía eléctrica, Eladio colgará su nueva pantalla de plasma. Quizá no tenga su mismo trabajo, quizá su calle siga en ruinas y la economía cuesta arriba, pero cuando encienda su televisión, en ese momento, sentirá que las cosas han vuelto a la normalidad. Él no sabrá nunca de Foucault ni de prevención, pero en su realidad será feliz de ser un hijo más del sistema (cultura) que, en vez de llevarlo a una universidad y enseñarle ética, lo lleva a la ilusión del Canal de las Estrellas.