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Fuera de lugar, ¿pasivo?

Los seres humanos tenemos grandes facultades, incluida la de equivocarnos. Somos buenos para detectar problemas, no tanto para inferir las causas. Pensemos en un condominio. Hay un vecino que no causa problemas. No ensucia. No es ruidoso. No participa en las decisiones colectivas. ¿Su ausencia modifica la conducta de quienes sí participan? Tendemos a creer que no. La realidad es otra: hay ausencias que pesan como presencias. Nos daríamos cuenta de esto si pensáramos de manera sistémica.

El futbol distingue entre estar adelantado e intervenir. Le llaman “fuera de juego pasivo”. Reglamentariamente es válido. Pero desde una mirada sistémica, la palabra “pasivo” es cuestionable. Un jugador puede no tocar el balón y, aun así, modificar la conducta de quienes sí lo juegan. Si un delantero está adelantado, los contrarios saben que está ahí. Aunque nunca toque el balón, condiciona la línea defensiva, modifica la atención de los rivales, ocupa espacio mental. En otras palabras: altera decisiones. ¿Puede llamarse pasivo alguien cuya sola presencia modifica el comportamiento de los demás?

Nuestra mente busca cadenas simples: B ocurre por A. Pero los sistemas funcionan así: A modifica a B, que a su vez modifica a C, que altera a A, y genera D. Casi nada ocurre por una sola causa. Efectos indirectos, retroalimentaciones, consecuencias inesperadas. Un jugador adelantado “pasivamente” no genera el gol, pero altera el sistema que permite la anotación.

En el futbol, al que con frecuencia se le llama deporte de asociación, no siempre gana el equipo con el mejor delantero. Gana el equipo que crea las condiciones para que el delantero parezca mejor. Por supuesto, el foco termina en quien anota, pero detrás hay un sistema: movimientos sin balón, espacios creados, decisiones defensivas. En otras palabras, la causa de un gol es distribuida.

Del mismo modo, la vida cotidiana está llena de “fueras de lugar pasivos”: personas o factores aparentemente inactivos que modifican el comportamiento del sistema. Una sociedad también se forja por aquello que tolera. Una infracción menor no solo rompe una regla: enseña a los demás qué reglas pueden romperse sin consecuencia. De ahí mi obstinación en modificar nuestra cultura vial y la manera en que hacemos cumplir el reglamento de tránsito, como acción inicial para luchar contra la corrupción, la impunidad y el desorden.

En términos sistémicos no hay tal cosa como un “fuera de lugar pasivo”: toda presencia produce algún efecto. Entiendo que el futbol necesite distinguir entre estar adelantado e intervenir. Ahí aparece una posibilidad fascinante: provocar presencias adelantadas que no participen directamente en la acción, pero sí alteren la atención defensiva. Hasta donde sé, no es una estrategia trabajada de manera deliberada. Tal vez porque seguimos creyendo que solo participa quien toca el balón.

Pensar sistémicamente nos permitiría entender que, en una familia donde alguien nunca habla, el problema no está solo en quien grita o habla de más. También el silencio organiza la conversación. No emite sonido, pero produce efectos. Daría la posibilidad de entender que, en una empresa, cuando se despide a quien comete un error, el problema no termina en quien cometió el error: también está en el jefe que lo toleró, en los incentivos que lo premiaron o en el proceso que lo hizo probable. Veríamos que en redes sociales no solo influye quien publica opiniones, también quienes dan un clic, comparten o simplemente permanecen observando, porque modifican los incentivos del algoritmo.

La teoría de sistemas propone que los fenómenos no pueden entenderse aislando sus partes. Cada elemento influye en los demás. Sospechar que hay causas que no vemos debería ser el primer paso para entender que las cosas rara vez ocurren por una causa. Ocurren porque muchas causas se encuentran. Los pronósticos meteorológicos son cada vez más precisos porque no buscan una sola causa: modelan la probabilidad de que muchas variables coincidan.

Alguna vez conté que, en Holbox, le pregunté a un pescador si ya era temporada del tiburón ballena. Su respuesta encerraba la sabiduría de generaciones: “Yo creo que sí. Hay muchas moscas en la playa”.

No había visto al tiburón. Había leído el sistema.