Bienvenidos a su casa. Bueno, no es propiamente su casa. Así decimos los mexicanos cuando recibimos visitas. Para entendernos, el visitante nunca debe tomar las palabras literalmente, debe interpretarlas. Aquí una guía que intenta un lance audaz: explicarnos. Extranjeros: adviertan que un Mundial no muestra quiénes somos, muestra quiénes queremos ser. Aquí, como cualquier país organizador, se exageran virtudes, se esconden defectos y se construyen relatos nacionales.
Tal vez creas que llegas a un país para ver el futbol. Ignoras que estás entrando a una de las reservas mundiales de surrealismo.
Bienvenidos a la tierra de la esperanza. No es un eslogan político: los mexicanos tenemos una relación singular con el futbol y, durante los Mundiales, con la derrota futbolística. Nuestro corazón es resiliente. Los mexicanos hemos aprendido a convivir con la frustración sin abandonar la esperanza. No esperamos porque creamos que vamos a ganar, esperamos porque renunciar a esperar sería una derrota mayor. No se extrañen si nos escuchan decir “Ahora sí”, “Ya merito”, “Jugamos como nunca…”.
No, nunca hemos ganado un Mundial, pero lo celebramos como si fuéramos a ganarlo cada vez. Otros países convierten el viento en electricidad, aquí convertimos la expectativa en emoción. Y eso nos basta. Más que esperar el trofeo, esperamos el partido. Por eso la fiesta no es la victoria, es la víspera.
Si eres observador, descubrirás que México no se parece a los estereotipos que exporta. Nos gusta el jolgorio, sí, pero lo que realmente valoramos es la convivencia y la comunidad. Nos enorgullece el mariachi, pero no lo escuchamos todo el tiempo en todas partes. Ni nos emborrachamos con shots de tequila a la menor provocación. Nos jactamos de aguantar la comida picante, pero tenemos muchos sabores alejados del chile. Nos ves alegres casi todo el tiempo, es nuestra forma de resistir. Somos profesionales en aguantar.
Prepárate para mezclarte entre nosotros. Aquí la hospitalidad tiene denominación de origen. No necesita aviso ni protocolo, es como la lluvia, espontánea. Se nos da la conversación con desconocidos y hasta dentro de los elevadores. No es acoso, es cortesía. Vas a conocer al tipo que te recomendará tacos sin conocerte. Al que te invitará una cerveza o te advertirá de cuál salsa no debes comer. Alguien más te recomendará los mejores lugares para aprovechar tu visita, y tu lista crecerá como si fueras a estar un año entero con nosotros.
Nos reímos de la vida, de la muerte y de cualquier forma de adversidad. Te vamos a decir algo con alusiones sexuales y no lo vas a entender. No es personal. El humor y el albur son nuestra carta de navegación. Improvisamos con las palabras y también con la vida. Rara vez estamos preparados para algo, aunque hayamos tenido mucho tiempo para hacerlo. Es que amamos la improvisación. Convertimos un tablón en mesa, las mesas las juntamos, y de silla hasta usamos una cubeta de pintura. Esa chispa nos sorprende a nosotros mismos. Unos le llaman surrealismo, nosotros nada más nos decimos mexicanos.
Si nos quieres ver serios, háblanos del quinto partido o de que “no era penal”. Tenemos barreras históricas y eventos que aún sangran indignación. No son estadística, son símbolos culturales. Nuestra realidad es una conversación permanente con la esperanza: el horizonte deseado siempre se aleja. Criticamos con furia a nuestra selección nacional, al técnico y los directivos, pero los vamos a defender si tú los criticas. Los mexicanos podemos decir la verdad: que México es un desastre, pero tú no. Sí, somos ambivalentes. A veces somos el águila y a veces la serpiente.
Si pudiste pagar un boleto y estás en la tribuna, verás entre los mexicanos más que afición: una representación cultural. Los colores, el ruido, la comida, los disfraces, los rituales y el humor negro. Es que en México la transgresión es una forma de pertenecer, y el desmadre una manera de crear vínculos con los demás. Y si te gusta cantar, síguenos en el “ay, ay, ay, ay, canta y no llores…”. En esas notas hay una patria móvil. Y cuando ganemos un partido, acompáñanos al Ángel, a la Minerva o a donde veas más de cinco mexicanos.
Bienvenido al país donde la esperanza está en la bandera y donde somos campeones mundiales fuera de la cancha.