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Dosis de mugre

Fui el primogénito de una burbuja. Durante mis primeros meses, mi madre convirtió el mundo en un territorio hostil: repartía cubrebocas a las visitas, exigía manos limpias antes de tocarme, hervía los juguetes como si fueran instrumentos quirúrgicos y evitaba que siquiera rozara el suelo. Todo lo que venía de afuera era una amenaza. Sin embargo, algo no iba bien. Mi salud, aislada de los peligros, empezó a fallar. Fue entonces cuando el médico dijo algo que parecía absurdo: mi problema no era la falta de cuidados, sino su exceso.

Necesitaba mugre. Mi sistema inmunológico no estaba siendo atacado; estaba saboteado. Necesitaba contacto, bacterias, desorden. Necesitaba mundo. Aquella indicación, tan contraintuitiva, funcionó, y dejó una idea incómoda: hay convicciones que no protegen, debilitan.

Décadas después, la ciencia terminaría de explicarlo. El sistema inmune no es una muralla: es un músculo. Se fortalece con exposición, no con aislamiento. Un estudio en Finlandia lo demostró: bastó un mes para que niños expuestos a entornos con tierra, plantas y vida desarrollaran mayor diversidad microbiana, más bacterias asociadas a protección y un sistema inmunológico más robusto. El cuerpo, como la mente, necesita fricción para aprender. Quizá por eso nuestras creencias se parecen tanto a los sistemas inmunológicos mal entrenados: aparentan fortaleza, pero reaccionan mal ante la realidad. Nos dan certeza y, al mismo tiempo, nos vuelven frágiles.

En la Viena del siglo XIX, esa fragilidad tuvo consecuencias mortales. En un hospital, las mujeres morían más en manos de médicos que de parteras, y nadie entendía por qué. Las teorías de la época hablaban de “aires corruptos”, de miasmas invisibles que enfermaban a los pacientes. Nadie sospechaba de lo evidente. Un médico, Ignaz Semmelweis, sí lo hizo. Observó que los doctores realizaban autopsias antes de atender partos y pasaban de los cadáveres a las mujeres vivas sin lavarse las manos. Propuso una solución simple: lavarse las manos para eliminar las “partículas cadavéricas”. La mortalidad cayó drásticamente. Pero nadie quiso creerle. Aceptar su hallazgo implicaba reconocer que los propios médicos eran responsables de la muerte de sus pacientes. Así que protegieron la creencia. Semmelweis fue ridiculizado, aislado y destruido. Décadas después, la ciencia le dio la razón; para entonces ya era tarde para él y para otros.

Las creencias no caen por falta de evidencia; caen cuando dejan de sostenerse socialmente. Por eso duran tanto. Su estructura no está en su veracidad sino en su consenso. Cuestionar las creencias arraigadas no es un mero ejercicio intelectual, es también una amenaza identitaria. Cuando alguien desafía, no solo está en juego la idea, sino nosotros mismos y nuestro ego. Más que defender ideas, nos defendemos a nosotros dentro de ellas. Alinearnos con la mayoría es cómodo, nos evita pensar. También inmoviliza. ¿En qué otros campos estaremos creyendo algo que está equivocado o es mentira? Tal vez lo que necesitamos no es más certeza, sino pequeñas dosis de duda. Llegar al punto en que por cada ocasión que digamos “creo en esto” o “no creo en esto”, añadamos “… por hoy”.

Necesitamos otra forma de inmunidad. Una que no nos proteja del error, sino de la certeza. Una que nos obligue, cada cierto tiempo, a exponernos a lo incómodo: a la evidencia que contradice, a la idea que incomoda, a la posibilidad de estar equivocados. Ahí están: “la Tierra no es el centro”, “evolucionamos de los primates”, “la grasa es el enemigo absoluto” y por supuesto, muchas de las ideas que sostienen a las principales religiones y sistemas políticos.

Creer, en ese sentido, es también una forma de higiene mental: limpiamos lo que nos incomoda y conservamos lo que confirma. Pero, como con mi infancia estéril, ese exceso de limpieza tiene un costo. La duda no debilita la identidad; la vuelve flexible. Y en un mundo que cambia más rápido que nuestras certezas, la rigidez, más que fortaleza, puede ser un riesgo.

El equivalente de la “mugre” que me recetaron sería la incomodidad intelectual de no tener la razón. Quizá la verdadera madurez no consiste en tener creencias firmes, sino en saber debilitarlas a tiempo.