Hay vidas que no caben en el anecdotario institucional. La de Ulises Schmill podría contarse desde su paso por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, desde su presidencia, desde su rigor como jurista formado en la tradición analítica. Sería una versión correcta y, al mismo tiempo, incompleta. Porque hay hombres cuya verdadera biografía ocurre en los márgenes: en la forma en que caen, en cómo son auxiliados, en lo que provocan en otros.
En 2017 escribí en estas páginas “Centinelas”. Ahí relaté una escena improbable: en ese territorio casi volcánico que rodea la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, minutos antes de un concierto, un hombre mayor tropezó en las escaleras y cayó. Sangraba del rostro. Pepe Toño, mi amigo, sin saber quién era, lo asistió con la naturalidad de quien no necesita credenciales para ejercer humanidad.
Ese hombre era Ulises Schmill Ordóñez.
La escena tiene algo de fábula contemporánea. Un ex presidente de la Corte, visiblemente lastimado, insistía en entrar a la sala de conciertos para no preocupar a su esposa; adentro, una mujer alarmada -la distinguida jurista y ex ministra Victoria Adato Green- buscándolo entre la multitud; y un ciudadano cualquiera que decide intervenir. No hay jerarquías en la caída. Tampoco en la ayuda.
Quizá ahí está la clave para entender a Schmill más allá de su currículum: en la dignidad con la que habitaba su propio papel en el mundo. Porque si algo revela esa escena es una forma de estar. Herido, pero erguido. Vulnerable, pero dueño de su voluntad. Negándose a ir al hospital pese a la insistencia de Victoria. Dispuesto incluso a escuchar a Bartók como si la música fuese una extensión de la ley: algo que debe continuar, pese a todo.
Los juristas suelen pensar el orden como un sistema de normas. Schmill entendía mejor que muchos que el orden también se sostiene en conductas. No en lo que está escrito, sino en lo que se hace cuando nadie observa. En ese sentido, aquella mañana en CU no fue una anécdota menor: fue una demostración de que la justicia no siempre se imparte; a veces se encarna.
Vivimos tiempos donde la desconfianza es norma y la sospecha método. Donde el otro es, primero, amenaza. Por eso historias como esta rompen el guion. Nos recuerdan que la cohesión social no depende únicamente de instituciones sólidas, sino de personas dispuestas a ser centinelas de otros. A intervenir. A no pasar de largo.
Schmill representó, en su vida pública, la aspiración de un orden racional. Pero en su vida privada -en esa escena casi cinematográfica- encarnó algo más elemental: la fragilidad compartida. Esa que nos iguala. Esa que, cuando se reconoce, activa lo mejor de nosotros.
Semanas después del incidente, Victoria y Ulises nos invitaron, a Pepe Toño y a mí, a comer a su casa. La conversación fue generosa, como suelen serlo las mesas donde no hay prisa por tener razón. Recuerdo más el tono que los argumentos: una mezcla de inteligencia, ironía y hospitalidad. No eran los ex ministros quienes hablaban, eran las personas. Y eso, en figuras de su talla, no es un detalle menor. Salí de su casa con su libro “Las implicaturas del resentimiento”, un lúcido ensayo filosófico sobre la tragedia de Otelo. La dedicatoria (generosa, acaso excesiva) hoy me evoca más nostalgia que vanidad.
El poder, incluso el poder jurídico, suele blindar. Construye distancias. Levanta protocolos. Ulises, en cambio, parecía cómodo en la proximidad. Como si supiera que la autoridad que importa no es la que se impone, sino la que se reconoce.
Su muerte cierra una trayectoria, pero abre una pregunta en quienes lo cruzamos, aunque haya sido tangencialmente: ¿qué tipo de ciudadanos estamos siendo? En “Centinelas” sugería que hay una especie de reciprocidad invisible: quien cuida, es cuidado. No como superstición, sino como estructura moral. Schmill, sin saberlo, formó parte de esa red. Fue auxiliado por un desconocido que no sabía a quién ayudaba.
Quizá esa fue una de sus grandes lecciones. Que la justicia no empieza en los tribunales, sino en los gestos. Que el prestigio no se prueba en los cargos, sino en la forma de habitar la caída. Y que, al final, todos, sin importar el cargo, dependemos de lo mismo: de que alguien, en el momento preciso, decida no ser indiferente.
Hay vidas que dejan saldo a favor. La de Ulises Schmill es una de ellas.