Hay objetos que innovaron tanto que ya no necesitan innovación. Hijo de un mundo burocrático que favorecía el papeleo, los archivos y las copias, hay un objeto que ha sobrevivido más de un siglo sin cambiar: el clip. Su autoría, como muchos inventos, es disputada con diferentes versiones y hasta nacionalidades. Lo que no está a discusión es su utilidad y su vigencia. Los papeles que une pueden tornarse amarillos con los años, la tinta incluso desvanecerse, los memorándums perder el peso de una orden, pero ese pequeño objeto de alambre con dos óvalos estratégicamente doblados, permanece con idéntica presión.
Ícono de la tenacidad, el clip es sin duda una anomalía para la modernidad. En una época en la que todo promete mejorar con su versión 2.0 y siguientes, la permanencia es una afrenta. Y es que en la era de la obsolescencia planeada, ¿qué significa que algo no necesite evolucionar? Cuando ya no hay mejora posible, ¿es factible hablar de “eficiencia terminal”? A veces basta un clip para recordarnos que la verdadera sofisticación no está en lo complejo, sino en aquello que, sin cambiar, sigue funcionando.
Fue creado a finales del siglo XIX, pero es un dato anecdótico. He comprobado que un clip no envejece. Quizá por eso la grapa lo mira con recelo. En un mundo que se fragmenta por disputas ideológicas y ambiciones incontenibles, el clip es un símbolo de resistencia. Promete unión, si no eterna, sí muy longeva. Ajeno a cualquier revolución, en sí mismo es lo más parecido a un acto civilizatorio. No es casual que en Noruega se usó en la solapa como emblema de unidad durante la ocupación nazi. Une sin imponerse. Es, sin proponérselo, un ensayo sobre el liderazgo.
El clip, empero, no está solo. A esta misma genealogía pertenecen otros objetos casi inmutables: la rueda, sin más variación que sus originales 360 grados, la cuchara, el tenedor y el cuchillo, un vaso, el clavo y el martillo, las tijeras, el candado, y claro, el libro encuadernado. A estos “arquetipos tecnológicos” habrá que añadir al gran cómplice del clip: sin el papel, quedaría reducido a la unión de otras texturas, como la tela, el cuero o quizá el cabello. Incluso deformado, acepta nuevos usos: uno de sus extremos sirve para “resetear” aparatos electrónicos o destapar regaderas por el sarro acumulado.
Indiferente a la energía eléctrica, al clima o a la señal de wifi, el clip funciona con los dedos. No requiere de instructivo ni de póliza de garantía. No genera ansiedad de aprendizaje. No exige un tutorial ni la clase de un especialista. Ahora que el mundo promete más para los que más ambicionan, el clip es también una lección moral: es simplemente la economía de lo suficiente. Antagónico al exceso, no promete más de lo que hace, y muchas veces termina haciendo más de lo que promete.
Mucho tiene que aprenderle un teléfono inteligente a este humilde pedacito de alambre torcido. Para empezar, no se queda sin batería, no exige recargas ni distrae en las conversaciones de sobremesa. Por si fuera poco, no hay que pagarlo a meses sin intereses ni preocuparse en caso de robo. Resiste todas las caídas. En caso de pérdida es fácilmente sustituido por decenas de idénticas posibilidades. ¿No es suficiente razón para admirarlo?
Por una inexplicable manía que raya en la conspiración, algo sucede en el pequeño depósito que alberga los clips. Cuando intentas tomar uno, las posibilidades de traer dos o tres unidos son muy altas. ¿Es tan grande su vocación de unir que una fuerza invisible los trenza estratégicamente mientras aguardan un eventual llamado? No lo sé, y quizá esa misteriosa formación de eslabones tampoco importe.
En tiempos que confunden novedad con avance, detenerse en lo que no cambia es subversivo. No todo lo que evoluciona mejora. Y no todo lo que permanece está rezagado. En esa paradoja del progreso habita el clip: discreto, persistente. Mientras el mundo se deslumbra, él no necesita hacerlo. Nunca será un objeto de lujo, pero en su silencio sostiene una forma de sofisticación que da la espalda a cualquier impulso de la moda.
Sin más aspiración que cumplir, vive en ese altar de las cosas que ya resolvieron su destino. Quizá no haya nada que aprender del clip. O tal vez todo.