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Moral flexible

¿Dónde empieza la trampa y dónde termina la astucia? Esa frontera, tenue y movediza, está pintada con la moral, un constructo humano, poroso, falible y subjetivo. Haciendo arqueología doméstica, entre los archivos de mi padre encontré una misiva, fechada en 1980. En ella, como miembro del comité directivo de un fraccionamiento, exhortaba diplomáticamente a un vecino a corregir una construcción que invadía los linderos de su propiedad. Mientras reflexiono sobre esa línea difusa, una noticia capta mi atención. También tiene que ver con un terreno, aunque de otra naturaleza.

El partido eliminatorio para la Copa Mundial de Futbol entre Bosnia y Herzegovina e Italia, jugado en Zenica, terminó sin ganador. El desempate se realizó mediante tiros de castigo. Como previsión ante este tipo de desenlaces, los porteros de ambos equipos contaban con un recurso: un pedazo de papel donde se consigna hacia qué lado suele tirar cada jugador rival. Los datos no detienen balones, pero orientan. Instantes previos a la tanda de los penales, ocurrió un hecho insólito, revelador.

Un chico recogebalones, Afan Cizmic, en claro apoyo al equipo local, salió del perímetro designado para la “gente de cancha”, entró a los linderos del terreno de juego y robó los apuntes que el guardameta rival, Gianluigi Donnarumma, tenía bajo una toalla. Cuando el portero fue por sus apuntes, se dio cuenta que alguien los había sustraído. Desprovisto de su brújula, el italiano quedó a merced de su intuición. Finalmente, La Nazionale quedó eliminada. No podemos afirmar o suponer que ese hurto hubiese sido decisivo para el resultado, no es la intención de este texto analizar el contexto deportivo. El punto focal es lo que sucedió después.

Los medios de comunicación bosnios le dieron amplia difusión al episodio. Catalogaron al joven como “héroe discreto”. Pasó de recogebalones a símbolo nacional. Uno de los medios ofreció llevarlo al Mundial para apoyar a su selección. La anécdota es pequeña: un chico se roba un papel. La implicación es grande: las culturas se delatan en sus gestos más simples y cotidianos. No fue un robo solamente, fue una confesión cultural en miniatura. En vivo y en directo.

La escena no es tan distinta a la de aquel vecino que extendía su construcción más allá de lo permitido. Tampoco difiere de la carta de mi padre, donde lo instaba a reconocer que incluso las pequeñas transgresiones erosionan el orden compartido. En ambos casos la regla existe, pero su cumplimiento depende de la reacción del entorno. En uno se sanciona, en otro se celebra. La diferencia no es el acto, es la mirada colectiva que lo juzga, lo permite o lo aplaude.

La moral entra a la cancha, junto con la polémica. ¿Lo correcto es lo que beneficia al grupo o lo que respeta las reglas compartidas?, ¿la trampa deja de ser trampa cuando la aplaude la tribuna correcta? Parece que la moral no siempre es una brújula; a veces es una camiseta. El futbol convertido en fractal de la política; o de un condominio. El patrón de regularidades: el ser humano viendo la oportunidad cuando el otro baja la guardia. Buscando sacar ventaja y luego justificarse.

Dice mucho del código cultural que convierte un delito en una hazaña. De alguna forma, el reconocimiento público legitima el acto. La consecuencia es más profunda: lo que se premia, se reproduce. ¿Qué tipo de ciudadanos se forjan en este contexto? Ciertamente no construyen ciudadanos éticos, construyen permisos: robar se vale. Y es una lástima que así sea porque el futbol es también un teatro moral del mundo. Debería servir para dramatizar valores sociales.

El futbol, en el contexto de la justa mundialista, no es solo competencia, es identidad, cultura, honor. Cada partido potencialmente es la metáfora de un país. No sólo se juega en la cancha, también en las salas de juntas y en los estados financieros que dictan intereses de corporativos. La FIFA, monopolio de doble cara, alienta el “fair play” mientras negocia reglas a conveniencia. Es el mismo patrón: la trampa deja de serlo cuando la valida quien impone el juego.

Un vecino extiende un muro. Un joven se roba un papel. Un estadio aplaude, una nación lo premia. Y la línea, esa que separa la astucia de la trampa, empieza a borrarse.