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Genio sin genio

Hay momentos en que lo extraordinario deja de admirarse… y empieza a convertirse en sospecha. Tanto que queda reducido a lo ordinario.

Juan es contador público y auditor. Vive entre balances, estados de resultados, cargos, abonos y partidas que no cuadran, pero van a cuadrar. Su talento está en ordenar el caos numérico y volverlo claridad para la directiva. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Pero anoche saltó de los números a las letras: escribió una carta de amor. No cualquier carta: una pieza impecable, de una sensibilidad inesperada. La retórica es profunda, la ortografía perfecta, el ritmo casi poético. Un texto capaz de reconciliar cualquier rencilla. No parece escrito por Juan. O, al menos, no por el Juan que conocemos.

Sebastián es cirujano plástico. Y esta es una buena época para ser moldeador de deseos. Su destreza, que le ha tomado años de práctica, está en el bisturí: quitar donde sobra, poner donde falta (o donde le piden que ponga). Compite en un mercado saturado. Sin embargo, ha encontrado que su verdadera ventaja no está solo en el quirófano, sino en sus redes sociales. Sus videos tienen una claridad quirúrgica: promesas seductoras, argumentos precisos, llamados a la acción irresistibles. Cada publicación parece diseñada por la mejor agencia de publicidad de la ciudad. Tampoco parece el Sebastián de siempre.

Las historias de Juan y Sebastián tienen un parecido inquietante. No es talento múltiple. Es otra cosa; algo prestado. Un oráculo que escribe por ellos, que articula mejor de lo que ellos podrían hacerlo. Un estratega que los hace ver competentes en un océano donde no acostumbran navegar, que les formula promesas con las que superan sus propias expectativas. Se han convertido en gente ordinaria con capacidades amplificadas.

En medio de esta nueva generación de individuos “inspirados”, apalancados por una tecnología que siempre dice que sí, surge un patrón: los mensajes son odiosamente parecidos. Como el influencer que ayer bordaba simplezas y ahora lanza razones con inédita profundidad, aunque esté hablando de jabón para manos. Frases impecables, giros idénticos, estructuras repetidas, citas eruditas. Suenan a otros generadores de contenido. Uno juraría que tienen el mismo guionista. Bueno, ese es el punto: tienen el mismo guionista. Hay algo en todos esos mensajes que empieza a sonar acartonado, como un eco predecible. Tal vez este exceso produzca su propio antídoto: el regreso de lo perfectible. A los mensajes originales, concebidos por un ser con sangre en las venas. Imperfectos sí, pero alejados del algoritmo. ¿Avanzaremos regresando al pasado?

Estas maquinaciones, troqueladas sin pausa, son lo que el diseño gráfico automatizado a los rótulos mexicanos. Aunque sean baratos, estéticamente correctos y visualmente atractivos, esa perfección chocante desnuda su carencia. Un rótulo es bello no solo por su ingenio, originalidad y picardía, también por su trazo irregular. Tienen alma en la tinta, algo que nos dice “a alguien le tembló la mano”.

Mientras nos hartamos de guiones en serie, de párrafos que dicen cosas distintas, pero suenan idénticos, seguiremos teniendo casos de superación explicable: no somos más capaces, estamos amplificados. Es la humanidad buscando romper sus límites. Y para eso es perfecta una prótesis cultural: la inteligencia artificial. Ante la democratización de talentos, la paradoja se pinta sola: si todos pueden escribir bien, ¿qué significa escribir bien? Si todos pueden crear, ¿qué distingue al creador y a la creación? Si todos pueden parecer expertos, ¿qué es tener experiencia?

Vayamos al diván, donde la literatura es también terapia. Fausto, en su ambición desmedida, vendió su alma por acceso a un conocimiento que por sí mismo no podía alcanzar. Hoy no necesitamos invocar a Mefistófeles: basta con abrir una interfaz y saber hacer un buen pedido. La pregunta ya no es qué estamos dispuestos a pagar, sino qué estamos dejando de ser. ¿En qué nos convertimos cuando se cae el internet?

En este viaje a tierras perturbadoras, tal vez no estamos frente a superhumanos. Tal vez estamos revelando qué tan humano es ser únicos, imperfectos y ciertamente extraordinarios.

El emperador camina desnudo: por primera vez en la historia estamos ante genialidades sin genio.