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Promesas zombis

Hay promesas que pertenecen al mundo de los zombis, están muertas, pero no lo saben. Resulta que solicité un servicio para revisar mi refrigerador. El proveedor fijó una fecha y una hora. Yo acepté. Además, añadió: “lo llamarán antes para avisarle que van para su domicilio”. Llegada la fecha y la hora, no sucedió nada. Una hora después recibí una llamada de un número desconocido, que no pude responder. Escribí al proveedor para saber si ellos me habían buscado; dijeron que sí, pero que como no había respondido, los técnicos decidieron irse a otra cita.

Me molestó que unilateralmente hubieran cancelado el compromiso. Además, por un motivo del que no fui advertido. Su llamada sería para notificarme su proximidad, no para confirmar la cita. Intuyo que estas personas navegan en el mundo de la ambigüedad zombi, un mundo donde un compromiso no es una promesa por cumplir sino una mera posibilidad en el camino. La anécdota, aunque banal, encierra claves para diagnosticar al país.

No falló un técnico, falló una estructura invisible de compromisos, donde las promesas languidecen en el mundo de los vivos.

Como ha planteado Fernando Flores Labra, toda sociedad funciona a través de un entramado de conversaciones que sostienen algo más que lenguaje. No hablamos solo para informar, sino para pedir, ofrecer, prometer, declarar, acordar y también para abrir posibilidades. Generamos actos del habla para mover el mundo. A través de ello nos coordinamos, hacemos que sucedan cosas, inventamos mundos, incluso. La sociedad, como una empresa, es una red de promesas. De su cumplimiento depende su desempeño. Si en una empresa las promesas al interior se trivializan, lo más probable es que sus colaboradores y sus clientes sufran. Una sociedad con una red de promesas rota es una sociedad poco confiable. Es una sociedad que ha corrompido la palabra.

Compromiso alude a “con promesa”. Alguien acuerda cumplir algo bajo ciertos estándares. Este pacto no siempre es explícito. Una persona no recita cada mañana que obedecerá la ley, pero la ciudadanía lo presupone. Lo mismo ocurre al contratar un servicio, manejar en una avenida o cobrar por un trabajo.

Mucho me temo que en nuestro país el grado de compromiso dista mucho de ser óptimo. Podemos culpar a la educación o al gobierno, a la Conquista o a la Revolución; parecería que no estamos lo suficientemente formados para cumplir las promesas que hacemos. Desde respetar un semáforo hasta llegar con puntualidad, desde honrar la palabra hasta pagar impuestos. Nuestra red de promesas es demasiado elástica. En una sociedad donde la promesa vale poco, todo debe confirmarse, recordarse, duplicarse. Así, la energía colectiva se gasta no en crear valor, sino en compensar la baja confiabilidad del otro. Las promesas zombis se arrastran como entes sin voluntad, se repiten sin compromiso real.

Esta gramática social tiene enormes consecuencias. En una empresa donde reina la vaguedad, abundarán juntas sin conclusiones, promesas difusas, entregables movedizos, culpas diluidas, responsabilidades sin cabeza. Si una cultura no honra su palabra, tampoco honra procesos, horarios, contratos ni reputación. En este sentido, la salud de una sociedad se mide por la densidad de su confianza. Y la confianza nacional, vista como activo, descansa en millones de promesas ordinarias cumplidas. Cuando esas promesas se vacían, el Estado de derecho es como una piñata hueca. La impunidad es una promesa fallida. Empresa y sociedad pierden cohesión. Y lo que es peor, producen personas acostumbradas a no cumplir; personas que ven el no cumplimiento como norma, no como excepción.

Necesitamos hacernos cuestionamientos inéditos. ¿Cómo fortalecer nuestra red de promesas? ¿Cómo tener promesas vivas? Deberían ser preguntas que graviten en el interés de quienes queremos un mejor país.

Somos superavitarios en prometer, pero deficitarios en certidumbre. Habría que reorganizar la convivencia a partir de lo cotidiano. Acotar las promesas zombis que tanto usamos: desde el “tantito” o el “ahorita”, al “mañana”, eufemismos que sangran la confianza. Forjar desde la infancia una nueva generación que no vea las promesas como contingencias reversibles.

Las promesas zombis caminan entre nosotros. No están muertas; simplemente ya no están vivas.