Hay algo anómalo en un país donde lo ordinario sorprende. No hablo de milagros ni de eventos improbables. Hablo de aquello que debería suceder todos los días, lo predecible, lo esperable, lo básico. Eso que un día dejó de ocurrir. Y cuando sucede, parece extraordinario.
Hace años conocí un grupo de gasolineras que anunciaban, con orgullo, algo que en cualquier país desarrollado sería una obviedad irrelevante: “litros de a litro”. No vendían gasolina, vendían confianza. En un entorno donde la sospecha es la regla, la honestidad se volvió diferenciadora. Lo que debería darse por hecho se convirtió en promesa comercial. No era solo una estrategia; era una forma de admitir que lo correcto dejó de ser norma.
Hace unos días presencié otra escena de esa misma naturaleza. En un crucero cualquiera, de esos donde la prisa, el egoísmo y la trampa van de la mano, un policía vial hacía algo inusual: obligaba a cumplir la ley. Con el cuerpo por delante, a modo del torero que se planta frente al astado, impedía a los autos hacer una vuelta prohibida. Una escena tan inusual que parecía fuera de lugar. Como aquel hombre frente a los tanques en Tiananmén, un solo individuo contenía, por momentos, la inercia de muchos. No con fuerza, sino con convicción. En un país donde la sociedad desprecia la ley con naturalidad, me pareció un acto de rebeldía.
Me orillé. Bajé del auto. Luego de un apretón de manos, le dije “he visto lo que está haciendo; lo felicito. Por personas como usted este país tiene esperanza”. El oficial Gerardo Melgoza, de la Policía Vial Metropolitana, me respondió con una frase reveladora: “Yo nada más hago mi trabajo”.
Minutos después, regresó a su posición para impedir a un par de automovilistas transgredir la ley. Uno de ellos, molesto, se echó en reversa y lo insultó antes de irse. Capté la escena en video, estaba completa: quien cumple, resiste; quien transgrede, se justifica. Compartí el momento, no como anécdota, sino como evidencia. En ese cruce se condensaba algo más profundo: no es la gran corrupción la que nos define, sino la pequeña. La cotidiana: la que repetimos y minimizamos. Donde la ley es negociable, cumplirla se vuelve un acto extraordinario.
Las opiniones que el hecho generó en las redes son también un diagnóstico revelador. Una parte de la opinión pública no ve la relación entre el desprecio a la ley en temas menores y delitos más graves. Además, se piensa que existe la corrupción únicamente cuando intervienen dos partes y una de ellas es del gobierno. Por eso muchos mexicanos no se ven corruptos. Difiero. Corrupción es lo que corrompe, lo que erosiona, como la transgresión ordinaria que sucede frente a nuestros ojos en la vía pública. Somos la sociedad que se dice harta de la corrupción, pero corrompemos la ley “nomás poquito”. Decimos que queremos un país con Estado de derecho, pero lo saboteamos habitualmente.
Exigimos legalidad, pero negociamos con ella cuando nos estorba y nos conviene. Nos indignamos ante los delitos grandes, pero practicamos los pequeños. A unos metros del crucero donde Melgoza “nada más” hace su trabajo, frente a un negocio de moda, la gente se estaciona en un carril vehicular, bloquea media vialidad para no caminar unos pasos. ¿Lo ven como delito? ¿Como corrupción? ¿Se sienten malos ciudadanos? Lo dudo. Nada más les importa su helado de yogurt “griego”. El mensaje es un dardo envenenado: la ley es opcional. Y no hay consecuencias.
Días después, el oficial Melgoza fue reconocido por su labor. Y entonces vinieron aplausos, pero también la reacción predecible: hubo quien dijo que no era para tanto. Que solo hacía su trabajo. Y tienen razón. Ese es el problema. Cuando hacer lo correcto no merece reconocimiento, pero tampoco sucede, algo está roto en la sociedad. Cuando cumplir la ley sorprende, la normalidad ya se perdió.
Necesitamos más Gerardos Melgoza, sí. Pero sobre todo necesitamos dejar de verlos como excepción. El verdadero riesgo no es que falten buenos policías. El verdadero riesgo es que como sociedad hayamos normalizado que la ley es una sugerencia.
Cuando lo ordinario necesita aplauso y reconocimiento, no estamos frente a héroes. Estamos frente a un espejo. Y lo que refleja es un país grande con ciudadanía enana.