Las agitadas festividades decembrinas suelen traer algo más que agruras. La modernidad ha gestado una práctica aberrante que se activa con la tecla “enviar”: los mensajes genéricos de felicitación. El remitente ahorra el nombre del destinatario y lanza un texto masivo, impersonal. Un tiro de escopeta, como un antibiótico de amplio espectro, que suele empezar así: “Muchas felicidades a todo el grupo…”.
Hubo un tiempo en que el día de la festividad sonaba el teléfono de la casa. Algún familiar o amigo cercano te daba sus parabienes de viva voz. Eran llamadas cortas, espontáneas, sinceras. Implicaba recorrer la libreta de direcciones y toparte con un nombre al que quizá llamaste hace un año, pero tenían el valor de ser muy personales. El equivalente a los comunicados masivos de hoy sería como responder el teléfono y escuchar una grabación: “Hola, habla fulano, para desearte una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo”.
Acorde a la evolución biológica donde un virus es superado por otro más letal y complejo, hay una variante de mensaje comodín todavía más perniciosa: los saludos genéricos que se hacen pasar como personales. Mientras los envíos grupales no esconden su naturaleza automatizada, hay comunicados que, sin mencionar tu nombre, te hablan con afecto artificial: “Espero verte pronto junto a tu estimable familia”. La cosa empeora cuando descubres que el del año pasado, enviado por esa misma persona, decía exactamente lo mismo. Además, no se han visto; ni siquiera son cercanos.
Alguna vez las postales decembrinas fueron un gesto social, cuidadosamente confeccionadas; una artesanía, no un trámite, como los textos unitalla de hoy. Existieron las tarjetas navideñas. Todo empezaba en octubre o noviembre, cuando un representante de la imprenta te visitaba con una voluminosa carpeta, el catálogo de muestras, donde escogías el diseño, el papel y la redacción. Si bien era una misiva colectiva, tu nombre aparecía impreso -“Fulano de tal y familia”- y podías personalizar la postal con algunas letras manuscritas. Había que ir al correo a depositarlas, y aunque usualmente llegaban en febrero o marzo, se apreciaba la intención del emisor.
Hijos de la industrialización del afecto, los mensajes troquelados son productos en serie. No requieren conocer al destinatario, requieren que sepas usar los comandos “copiar-pegar”. ¿Nos hemos vuelto socialmente perezosos, nos hemos deshumanizado? Mientras lo procesamos, aceptemos una desaparición forzada: la del nombre propio. Y aceptemos también que un saludo sin nombre es como un abrazo sin cuerpo.
Sí, ya sé que todo cambia y que el mundo digital tiene sus ventajas. Sería imposible visitar en una tarde a cinco amigos queridos en distintos puntos de la ciudad, el tráfico decembrino (otro de los efectos colaterales de la temporada) no lo permitiría jamás. Sin embargo, de cuando en cuando es bueno evocar el pasado sin idealizarlo: imprentas llenas, tinta fresca, tarjetas mal alineadas, errores tipográficos, imperfecciones que confirmaban lo insuperable: la presencia humana. Aquellas tarjetas eran como tortillas hechas a mano. Hacían que la experiencia de la Navidad fuera sensorial y no solo digital.
La postal personalizada se tocaba, se olía, se guardaba. Ocupaba espacio, al menos durante algunos años. El saludo digital no pesa, si bien tiene bytes, no estorba en un cajón y se olvida activando el borrado automático. Y es que lo que no ocupa un lugar afectivo en nosotros, no requiere nuestra memoria. El mensaje genérico es un trozo de hielo: sin calidez, es una forma de violencia disfrazada de cercanía. Interrumpe. Su mayor virtud es competir con nuestro trabajo, nuestra concentración. Es un intruso que entra sin tocar la puerta (y se pone a cantar Jingle Bells).
Paradoja de nuestra era: nunca ha sido más fácil escribirle a alguien y nunca ha sido más difícil decir algo personal, íntimo, con la aspiración de tocar el corazón que tiene nombre y apellido. El problema no es la tecnología, sino el uso mínimo que hacemos de ella. Quizá no hay que felicitar a todos. Quizá hay que dejar de lanzar redes para volver al anzuelo. Menos mensajes, más personales. Inténtalo.
Cuando el saludo se vuelve un molde, se despoja de ti y se convierte en maquila, se convierte en ruido.