Loading...

Un juego nuevo

Hace unos días me invitaron a la reapertura de un bolerama. No pude ir. Además de temas de agenda, algo en mi interior resiente estos espacios. Seguramente tiene que ver con la nostalgia; sensación agridulce que siempre encuentra la llave de la puerta del dolor. Jugué boliche desde mi infancia y participé en ligas y torneos como quien se toma el juego muy en serio. Pero todo cambia.

Al sonido tradicional del boliche -la bola deslizándose sobre la duela y el estruendo al derribar los pinos- se le ha sumado ahora música a todo volumen. Las pistas, antes iluminadas como quirófanos, hoy reflejan haces de luces multicolor, donde los claroscuros son un obstáculo adicional para la concentración. Y ya ni hablar de la cortesía elemental: el jugador de la derecha espera a que lance el de la izquierda para no interferir. El juego se ha reconfigurado, quizá para atraer jóvenes… y a uno que otro fósil que llega con sus propios zapatos y bola. Súbitamente, el bolerama se asemeja a un río: en el mismo sitio, pero con distinta agua.

Una actividad rudimentaria ha desaparecido: antes llevábamos la cuenta a mano; ahora, una pantalla lo hace todo por nosotros. Recuerdo a un compañero de equipo que, durante los torneos, revisaba las anotaciones y, con solo un vistazo, calculaba cuántas marcas necesitábamos para ganar la serie. Me decía, casi sin pensarlo: “necesitas tirar al menos tanto en tu siguiente turno”. Una habilidad que los jugadores actuales, acostumbrados a un robot, están muy lejos de desarrollar.

Cada época reescribe sus reglas. Cuando una destreza desaparece, no solo se pierde la técnica: se desvanece también una forma de mirar y habitar el mundo. Es un nuevo juego, con nuevas coordenadas. Alguna vez, alguien sintió nostalgia por el código Morse, por la correspondencia epistolar o por orientarse con las estrellas. Y de pronto, te descubres a ti mismo diciendo: “lo que ya nadie hace…”; señal de que ciertas habilidades se escapan de la vida como invitados que se van sin despedirse. Escribir en cursiva, leer relojes analógicos, memorizar números telefónicos, guiarse con mapas en papel, hacer cálculos mentales, revelar rollos fotográficos, usar teléfonos fijos, amenizar bodas con música en vivo… No desaparecieron por inútiles, sino porque cambió el contexto que las hacía necesarias.

En buena medida las habilidades de hoy son externalizadas: los teléfonos que nos sabíamos de memoria habitan ahora en un chip. Nuestro sentido de orientación vive en una señal satelital. Nuestra cognición depende de un tercero. Así como el vértigo tecnológico nos ha dado nuevas capacidades, ha minado nuestra autonomía, nuestra paciencia y nuestra percepción. ¿Qué somos ahora sin internet, sin energía eléctrica, sin suficiente plan de datos? Cada nueva herramienta promete liberarnos, pero también desplaza funciones que durante siglos fueron parte del inventario de supervivencia, de nuestra musculatura cognitiva.

En esta reconfiguración hemos incorporado nuevas destrezas, más digitales, vinculadas al manejo de entornos abstractos: navegación multiplataforma, gestión de la identidad digital; buscar, filtrar y curar información, comunicación asincrónica, multitareas en varios dispositivos, uso de la IA como extensión cognitiva, construcción de vínculos a distancia, lectura emocional bajo nuevos códigos (emojis, abreviaciones), colaboración remota, autogestión del tiempo, curaduría de identidad (qué compartir, qué ocultar, qué editar), administración de la atención, nuevas formas de comprar, de consumir entretenimiento, tomar mejores fotografías digitales, viajar y hacer itinerarios y más.

La antropología ha visto estas transiciones como señales civilizatorias. Y no hay transición sin nostalgia y no hay nostalgia sin dolor. El problema no es que incorporemos nuevas habilidades y perdamos otras, sino que no siempre sabemos qué estamos intercambiando por ellas. El problema es que no sabemos qué queremos conservar en medio de la avalancha, ¿qué vale la pena seguir practicando?

A pesar del cambio de juego, confieso: he ido a jugar boliche. Y ahí, entre la psicodelia y el bullicio, distingo las señales que tiene el juego: puntos y flechas discretos sobre la duela, apenas perceptibles, a modo de jeroglifos, para quien sabe leer el lenguaje de otro tiempo.