Hay preguntas que mueven biografías. Así pasó cuando Toño Díaz, querido amigo, nos cuestionó en un grupo de provocaciones. Dijo algo como: “¿Cuál es el árbol preferido de su infancia?”, asumiendo que todos tenemos una historia entre ramas. Aunque nunca había visto aquella etapa de mi vida ligada a un tronco, no tuve problemas para evocar mi respuesta. Sin dudarlo, recuperé el sabor de las ciruelas que generosamente brotaban de aquellos enormes árboles, en Cuernavaca. Hubo quien guardó silencio. Evidencia, quizá, de que hay biografías sin cortezas.
Pero la pregunta no era inocente. No se trataba de botánica ni de nostalgia. Era, en el fondo, una pregunta sobre el asombro. Sobre esos momentos en los que algo —un árbol, una luz, un sonido— nos detiene sin pedir permiso. Instantes en los que el cuerpo reacciona antes que el pensamiento: la piel se eriza, la respiración se suspende, algo adentro se acomoda. A eso, desde la ciencia, comienzan a llamarle glimmer.
El término refiere a esos micro-momentos de bienestar que emergen sin aviso. No se trata de euforia desbordante; son otra cosa, más sutil y, quizás, más profunda. Una especie de reconocimiento íntimo de que algo hace sentido, aunque no sepamos explicarlo. El destello de una belleza que no necesita ser grandiosa para ser suficiente.
En un revelador texto (La Jornada, Morelos) titulado “El escalofrío que nos salva”, María Helena González pone palabras a ese fenómeno que muchos hemos sentido sin nombrar. Habla de esos instantes en los que una canción, una pintura o incluso una escena cotidiana nos recorre el cuerpo. No es metáfora, advierte, es biología. La ciencia los identifica como “escalofríos estéticos”: respuestas medibles del organismo ante experiencias de belleza o significado.
Pero quizá lo más sugerente de su planteamiento no es la explicación, sino la función. Esos escalofríos, dice, activan los sistemas de recompensa del cerebro y operan como reguladores emocionales. No están ahí solo para conmovernos, sino para equilibrarnos. Como pequeñas pausas que nos devuelven al centro en medio del ruido. Como si el cuerpo, en su sabiduría silenciosa, encontrara formas de recordarnos que seguimos conectados con algo más grande que nosotros mismos.
Visto así, aquel árbol de la infancia deja de ser un recuerdo anecdótico para convertirse en un dispositivo simbólico. Un punto de encuentro entre el cuerpo y el mundo. Bajo su sombra no solo jugábamos: aprendíamos a detenernos, a mirar, a estar. El árbol era, sin saberlo, refugio, museo, nuestro primer espacio de contemplación. Y yo vuelvo a él cada vez que muerdo una ciruela.
Ahora que vivimos invadidos de estímulos, pero escasos de pausas, la saturación digital nos mantiene en un estado de atención fragmentada donde todo compite por capturar la mirada, pero poco logra sostenerla. Consumimos imágenes, sonidos, experiencias, pero rara vez nos detenemos en ellas. La paradoja es conmovedora: nunca habíamos tenido tanto acceso a lo visible, y nunca habíamos experimentado tan poco asombro genuino.
Tal vez por eso algunos guardaron silencio ante la pregunta del árbol. No necesariamente porque no hayan tenido uno, sino porque han perdido el acceso a ese tipo de experiencia. ¿Acaso el asombro, como cualquier capacidad humana, también se atrofia cuando no se ejerce?
Antes de su pregunta, Toño nos había compartido su poema: “…me regalaste la fortuna de ver el brillo: el estallido morado de tus ojos reventando, / de tus manos y dedos queriendo alcanzar el cielo / en un espasmo de luz hecho solo para mí. / Y así, pronto aprendí también a ver ese morado / haciéndose de otros matices:/ más oscuro, más seco, crujiente…/ vencido orgullo, ya en el suelo, / de haber querido alcanzar el cielo.” Así homenajeó a su jacaranda, ese misterio morado cuyo espectáculo ocurre dos veces; la primera desde las ramas, la segunda desde el piso.
Necesitamos más momentos sublimes. Arte, espacios, objetos, experiencias que no solo nos estimulen, sino que nos permitan habitar el mundo con mayor contemplación, profundidad y asombro. Vale la pena entonces reformular la pregunta: ¿tenemos hoy un “árbol”? ¿Un lugar, una práctica, una experiencia que nos detenga y nos devuelva al cuerpo?
Si no lo tenemos, tal vez no sea tarde para sembrarlo.