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Pasarte de la raya

La escena es cotidiana: conduces tu automóvil y esperas que la luz roja del semáforo cambie a verde. A tus lados pasan, zigzagueando entre los carros, motociclistas que se colocan al frente, muchas veces invadiendo la zona peatonal. En vialidades de mayor velocidad, muchos motociclistas parecen haber decidido que la línea punteada de los carriles es un espacio destinado para ellos. Rebasan por la izquierda, por la derecha, sin la menor conciencia de que, como cualquier vehículo automotor, deben ocupar un espacio en el carril y no entre carriles.

Lo inquietante no solo es verlo. Es que hayamos dejado de verlo.

Según el INEGI, México ha pasado de tener 2.6 millones de motocicletas en 2015 a 10.5 millones en 2025. El parque se cuadruplicó en una década. Sin duda, es un vehículo que tiene grandes ventajas. Es más barato que un automóvil y más ágil; además, funciona como herramienta de trabajo, es una alternativa de movilidad frente a las deficiencias del transporte público y al congestionamiento vial. Ha solucionado un problema, pero nos ha creado otro que no estamos controlando.

Aclaro: la moto no es el enemigo. El punto es qué sucede cuando una tecnología que permite enorme flexibilidad entra en una cultura que tiene una relación laxa con la ley. Es como acercar contenedores de gasolina a un incendio. El asunto no es solo vial. Es también cultural. Las calles y lo que sucede en la vialidad constituyen un sistema de acuerdos. Carriles, semáforos, señalamientos, banquetas y cruces no son pintura ni mobiliario urbano, son códigos para ordenar, son normas civilizatorias que regulan el movimiento y nos permiten anticipar el comportamiento de los demás.

La vialidad es un diálogo silencioso. El carril dice: tú vas allá. El semáforo dice: ahora yo, después tú. La banqueta dice: aquí va el peatón. Una señal dice: no lo hagas. En nuestra sociedad ese diálogo es endeble y a veces ingrávido. No es un asunto menor: las infracciones cotidianas educan también en la transgresión. Cuando aprendemos que una regla puede ignorarse sin consecuencia, damos el primer paso para considerar negociables otras reglas. Los motociclistas pueden escapar físicamente de ese diálogo y generan uno nuevo: si quepo, paso. Si puedo, lo hago. Si nadie me detiene, se puede. Por ello, para muchos conductores de moto, la raya dejó de ser límite y se convirtió en carril.

De acuerdo con la Secretaría de Salud y el Secretariado Técnico del Consejo Nacional para la Prevención de Accidentes, en 2023 se registraron en México 79 mil 283 siniestros viales que involucraron motocicletas; 2 mil 878 de sus usuarios murieron y hubo 21 mil 557 egresos hospitalarios en este grupo. Estos últimos representaron 62.5% del total de egresos derivados de siniestros viales. El costo de esta anarquía vial es cada año más grande.

Y no solo los motociclistas están en riesgo. Al salir inesperadamente entre coches, por la derecha, desde una banqueta o en sentido contrario, trasladan parte del riesgo a terceros. Si conducir bien consiste en anticipar al otro, cuando el otro decide que puede aparecer por cualquier parte, deja de haber tránsito y comienza la ruleta.

El tema ya era delicado. Automovilistas que no obedecen las señales viales, peatones que cruzan por donde se les antoja, personas que se meten en la fila, comerciantes que invaden la banqueta. Ante este desprecio generalizado por la ley y el orden, no hablamos de una patología motociclista, sino de una patología cívica. La moto no creó nuestra relación flexible con la ley, simplemente la hizo más visible y más peligrosa.

La autoridad que no sanciona también educa. Enseña que la norma es negociable. No hago un llamado a perseguir motociclistas, sino a restaurar límites. Capacitar, examinar y calificar con rigor antes de expedir una licencia. Sancionar a los transgresores. Inhabilitar de por vida al funcionario que venda una licencia para eludir el examen. Castigar con severidad al ciudadano que recurra a la corrupción para obtenerla. La calle puede ser también una escuela de legalidad. Combatir ahí la impunidad cotidiana es empezar a reconstruir el respeto por la norma.

La raya del pavimento no es un carril. Es algo mucho más importante: la frontera que nos recuerda dónde termino yo y dónde empiezan los demás.