En los bosques tropicales de Jalisco una hormiga camina. Lo hace más allá de su voluntad. Avanza aletargada, sin la agilidad característica de su especie. Avanza sin decidir avanzar. Avanza porque algo más decide por ella. Se trata de un hongo que la habita. Un organismo capaz de alterar su conducta hasta tomar el control de sus actos. No es ciencia ficción. Es un fenómeno documentado en una investigación del biólogo de la Universidad de Guadalajara César Ballesteros.
No es simplemente la historia de una especie que aniquila a otra. Se trata de algo más profundo e inquietante: antes de matarla, el hongo utiliza la conducta de la hormiga. La lleva a lugares con condiciones favorables (luz, humedad, temperatura) donde el futuro cadáver será una carcasa ideal para que el hongo crezca, se reproduzca y libere nuevas esporas. El huésped termina convertido en vehículo del parásito. Es un organismo invadido que trabaja, sin saberlo, para aquello que lo invade.
Este tipo de hongos inspiró la premisa de la serie The Last of Us. Una ficción en la que un microorganismo convierte a las personas en criaturas cuya conducta deja de pertenecerles. La infección transforma progresivamente los cuerpos. La civilización colapsa. Quedan zonas aisladas, grupos rebeldes y comunidades que sobreviven en un mundo desolado. Si bien la serie exagera las consecuencias, surgen preguntas profundamente humanas: ¿qué ocurre cuando seguimos actuando, pero algo más dirige nuestros actos? ¿Qué se sentirá permanecer corporalmente ahí mientras otra cosa ha tomado el mando?
De alguna forma ya tenemos un hongo entre nosotros. No necesitamos esperar una mutación. Tenemos sistemas que conocen nuestras vulnerabilidades, observan nuestra conducta y aprenden qué estímulos consiguen modificarla. El algoritmo es una forma de hongo conductual. Si bien no penetra nuestros tejidos, sí penetra nuestro entorno perceptivo. Decide qué aparece frente a nosotros y aprende qué consigue que permanezcamos ahí o hagamos determinada cosa. El hongo modifica la conducta de su huésped para favorecer su propia reproducción; metafóricamente, el algoritmo también.
Durante años los algoritmos aprendieron qué mostrarnos. Como especie más aventajada de esa cadena evolutiva, la inteligencia artificial agrega una posibilidad perturbadora: no necesita limitarse a escoger el estímulo; puede fabricarlo. Puede producir palabras, imágenes, voces y personajes ajustados cada vez mejor a quien está del otro lado de la pantalla. El hongo produce las sustancias químicas que alteran la conducta de la hormiga. Nosotros estamos construyendo sistemas capaces de descubrir qué estímulos alteran la nuestra. Así, la IA podría ser otra forma de colonización, pero ahora capaz de fabricar estímulos distintos para cada huésped. ¿Qué ocurre cuando un sistema puede anticipar lo que deseamos antes que nosotros y ha sido optimizado para provocar una determinada conducta después?
Yuval Noah Harari advierte algo inédito: el lenguaje comienza a existir fuera del cuerpo humano. Hasta ahora, el lenguaje necesitaba nuestra mente para producir nuevo lenguaje. La IA altera esa dependencia. Quizá el nuevo organismo no sea la inteligencia artificial, sino el lenguaje mismo, que ha encontrado otro medio donde reproducirse.
Así como la hormiga infectada contribuye al ciclo reproductivo del invasor, nosotros hacemos lo mismo con el contenido: compartimos, reenviamos, comentamos, producimos, seguimos tendencias y convocamos a otros. Somos consumidores y simultáneamente agentes de propagación. El sistema utiliza nuestra sociabilidad digital para crecer. Es como si cada huésped reclutara nuevos huéspedes.
A diferencia de la hormiga, podemos resistir. Pero esa diferencia importa solo mientras consigamos reconocer cuándo estamos siendo conducidos. Podemos cerrar una aplicación, dejar el teléfono, elegir qué leer, decidir a quién seguir. El problema de fondo no es si podemos cerrar TikTok, sino cómo resistir una influencia que experimentamos como deseo propio.
Si abrimos Instagram para “ver una cosa” y cuarenta minutos después seguimos ahí, ¿quién decidió esos cuarenta minutos?
Quizá el verdadero triunfo del hongo no sea arrebatarnos la voluntad, sino conseguir que llamemos voluntad a aquello que sabe provocar en nosotros.