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Biografía de lo falso

Imagina que estás en un museo frente a una pintura que te parece bellísima. El guía te dice que es renacentista, obra de un famoso pintor de la época. Te habla del artista, del momento histórico, de su relevancia cultural, de la técnica, de su complejidad simbólica. Supongamos que la obra te sublima. Sientes el arte como un mensaje en el tiempo, como si el artista te hablara. Y supongamos que el experto que te ha llevado hasta ahí te revela que se trata de una falsificación, una imitación hecha por un desconocido. ¿Seguirías valorando la pintura de la misma manera? Probablemente no. Y no porque haya cambiado algo en el lienzo, sino porque cambió la información.

La información quizá no modifica lo que vemos, pero sí modifica aquello que creemos estar viendo. Y, por supuesto, modifica el valor del objeto. Muchas veces no vemos primero y valoramos después. Primero sabemos qué deberíamos valorar y después aprendemos a verlo. Los objetos también tienen biografías, y esa historia de vida forma parte de su valor.

Esto lo entendieron bien Karolina Bankowska y su padre, Erwin Bankowski, polacos, avecindados en Nueva Jersey. Entre 2020 y 2025, Karolina visitó galerías de arte. Colocó obras atribuidas a Andy Warhol, Pablo Picasso, Banksy, Andrew Wyeth, Raimonds Staprans y Richard Mayhew. Todas eran falsas.

Karolina y Erwin encargaban las obras a un artista que vivía en Polonia. Lo interesante del caso no es simplemente que falsificaran un cuadro. La pareja construía alrededor de cada obra un halo de procedencia legítima. Construían una cadena de confianza: “esto lo hizo fulano, perteneció a zutano, y estuvo en tal galería, pasó por aquella colección y ahora llega hasta nosotros”. Los Bankowski investigaban galerías que habían cerrado, empresas que ya no existían y coleccionistas vinculados a determinados artistas. Después inventaban historias con las que reforzaban la legitimidad de la obra. Llegaron incluso a fabricar sellos falsos de galerías y certificados de autenticidad. Compraban libros antiguos para usar papel envejecido. Ahí estampaban información ficticia que luego adherían a los cuadros.

Es decir, falsificaban el objeto, la autoría y la biografía del objeto.

El teatro se les vino abajo cuando un galerista neoyorquino contrató a una especialista que detectó una sutil anomalía: la dirección del sello utilizaba un tipo de numeración urbana que había dejado de emplearse en 1962. Era como ver una fotografía supuestamente de 1920 en la que alguien lleva un teléfono celular. En abril de 2026 padre e hija se declararon culpables. Enfrentan una pena máxima de 20 años de prisión y la restitución de casi dos millones de dólares. El Departamento de Justicia estableció que conspiraron para consignar a subasta más de 200 obras falsificadas.

El caso deja en evidencia cómo se construye (y destruye) el valor. ¿Cuánto del valor de las cosas reside en el objeto y cuánto en la historia que aceptamos sobre él? No ocurre solo en el arte, en muchos ámbitos, el significado multiplica el valor material. La falsificación sofisticada no consiste simplemente en copiar una firma. Hay que fabricar una cadena de confianza. La verdadera habilidad del falsificador tal vez no sea imitar aquello que vemos, sino comprender aquello que nos hace creer.

Esto dice mucho de nuestra sociedad. La mayor parte de nuestros acuerdos se sostienen en la credibilidad. Para confiar necesitamos validadores. Delegamos en otros parte de nuestra capacidad de saber. Cuanto más compleja es una sociedad, más depende de intermediarios de confianza. Un notario da fe de actos jurídicos, un médico avala un diagnóstico, un periodista verifica información, una galería certifica el origen de una obra.

Las sociedades se fortalecen cuando existe un entramado institucional capaz de detectar, realizar peritajes, investigar, acusar y sancionar. La confianza no se sostiene sólo en aquello que creemos, sino en la posibilidad de verificarlo y, cuando alguien rompe esa confianza, exigir consecuencias. Los Bankowski fabricaron una cadena de procedencia falsa; el sistema que los descubrió respondió con otra cadena: expertos, investigadores, fiscales y jueces. ¿Existe en México una cadena institucional capaz de hacer lo mismo?