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Adiós, David

David Konzevik hablaba quedito. En la mesa había que inclinarse hacia él, acercar el oído, abandonar el ruido y dejarse pinchar por alguna provocación. Sus ideas tenían filo. Pero cuando subía al escenario para dar una conferencia, se transformaba, recuperaba años, energía y volumen. El hombre reservado se convertía en un encantador de audiencias. Hacía que todos siguieran el movimiento de sus reflexiones.

Lo conocí en 2010, durante Ciudad de las Ideas, en Puebla. Para mí, el mejor conferencista fue aquel argentino que hablaba de política, cultura y economía desde ángulos inéditos. Al bajar del estrado lo intercepté: “Doctor, ¿cómo se llama su libro?”. Respondió con firmeza: “No tengo libro”. Al día siguiente lo encontré apartado del bullicio. Pidió su maletín y extrajo un ejemplar de Una partida de ajedrez, de Stefan Zweig. Nos lo dedicó a mi esposa y a mí, y nos pidió que le habláramos de tú. No tenía un libro propio para regalar, así que nos entregó un relato de inteligencia y estrategia que, de alguna manera, lo representaba.

Inspirado en ese encuentro escribí “Konzevik, escritor fantasma”. El título aludía a un hombre lleno de ideas que se ufanaba de no publicar artículos y aseguraba que nunca escribiría un libro ni daría entrevistas. También era renuente a que grabaran sus intervenciones. Uno no podía leer a Konzevik, tenía que escucharlo. El texto le gustó. Tal vez me gané así una forma de su afecto. Desde entonces nos veíamos al menos una vez al año.

En una época que toma la visibilidad pública como medida de relevancia, David eligió influir sin exhibirse. En su mesa aparecían Borges, Perón, Groucho Marx, Marcos Mundstock, Rafael Alberti y un extenso catálogo de políticos, como invitados a la misma comida. Le gustaba contar que alguna vez se cruzó con Borges en las calles de Buenos Aires y lo abordó: “Disculpe, ¿es usted Borges?”. “A veces”, respondió el escritor.

En cierta forma Konzevik también aparecía a veces. Rehuía la exposición, pero era buscado por presidentes, ministros, gobernadores y empresarios. Tenía una capacidad extraordinaria para condensar fenómenos complejos y convertir ideas en postales: “Los salarios suben por las escaleras y las expectativas por el elevador”. Su concepto de la revolución de las expectativas explica parte del malestar contemporáneo. Las sociedades no se rebelan solo por lo que les falta, sino por la distancia entre lo que tienen y aquello que ahora saben que otros poseen.

También advertía que vivimos un furor de los derechos humanos, pero no una pasión equivalente de las obligaciones humanas. Con voz melodiosa, inclinaba el espejo hasta mostrarnos aquello que preferíamos no mirar. Aunque llevaba décadas en México, su acento hacía pensar que acababa de llegar esa mañana; de algún modo, nunca salió de Tucumán.

Tenía convicciones firmes. Era complicado llegar a ser su amigo y muy fácil dejar de serlo. Detestaba la traición y la hipocresía. No practicaba la amistad complaciente. Su afecto, como sus ideas, exigía correspondencia. Nunca lo vi tomar alcohol; no le hacía falta. Su lucidez brillaba en la mesa. Le gustaban la música, la poesía y el tango. Gracias a él llegué a Les Luthiers y aprendí a escuchar a Diego el Cigala.

Con los años recibí algunos generosos mensajes suyos sobre mis artículos. Eran pocas palabras, pero venían de un lector cuya opinión valoraba especialmente. Nuestra relación comenzó porque yo lo escuché y escribí sobre él. Después fue él quien me leyó.

Ahora vuelvo a escribirlo.

Su muerte deja una paradoja. ¿Qué permanece de un hombre que se esforzó por no quedar registrado? Queda su eco: las ideas repetidas en otras voces, los libros que puso en otras manos, las decisiones que ayudó a tomar, las conversaciones que cambiaron una perspectiva. A quienes lo escuchamos nos queda la consigna moral de impedir que se pierda del todo.

En 2010 terminé aquel artículo diciendo que había libros que nunca existieron y que David Konzevik seguía escribiendo. Hoy entiendo mejor aquella intuición. Nunca escribió el libro que tantos le pedimos porque quizá eligió otro recurso: la memoria de los demás.

Lo voy a echar de menos. Durante años lo llamé escritor fantasma. Ahora que se ha ido, comprendo que no dejará de escribir.

Nos toca seguir leyéndolo.