Inglaterra nos dio a William Shakespeare y a Jane Austen. México, a Sor Juana y a Juan Rulfo. Unos escribieron desde una tradición imperial, universalmente reconocida; otros desde una tradición distinta, menos numerosa quizá, pero no menos profunda. Nadie diría que la literatura mexicana es imposible frente a la inglesa. Nadie leería a Rulfo pidiéndole permiso a Shakespeare, ni a Sor Juana sintiéndose menor frente a Austen.
La historia inspira respeto. La tradición pesa, pero no escribe la siguiente línea. Nadie lee Pedro Páramo midiendo cuántos siglos de literatura había detrás de Rulfo, sino lo que esas páginas son capaces de provocar. Algo parecido ocurre en la cancha: Inglaterra trae una genealogía poderosa, una liga deslumbrante, una camiseta llena de ecos.
Tendemos a confundir el prestigio con la capacidad presente, como si la historia pudiera completar un pase o recuperar un balón. Pero la historia sólo acompaña; no juega.
Inglaterra llega acompañada por el eco de You’ll Never Walk Alone, por el césped de Wembley, por la atajada de Banks a Pelé, por Bobby Moore levantando la Copa del Mundo y por décadas de Premier League. Todo eso viaja con su camiseta. El problema comienza cuando creemos que también entra a la cancha. El desafío consiste en recordar, desde el primer minuto, que una camiseta puede cargar un pasado, pero un partido siempre se juega en tiempo presente. Y en ese presente México tiene argumentos propios: ritmo, localía, intensidad, descaro y la serenidad necesaria para no jugar contra un escudo antes que contra otros mortales.
Por eso, quizá el partido de hoy comienza antes del silbatazo. Y no empieza contra Inglaterra, sino contra la idea que hemos construido de Inglaterra. Contra el tamaño que le concede nuestra imaginación. Contra el reflejo de mirar una camiseta y ver en ella más de lo que cabe en un partido. Cuando al contrario lo hacemos mito, la mente se achica. Pero cuando vuelve a ser humano, el juego adquiere una dimensión manejable.
Visto así, cambia por completo el tamaño del rival.
Rulfo entendió que los fantasmas no siempre pertenecen al pasado. A veces los cargamos nosotros. Comala está habitada por muertos, pero también por memorias que siguen gobernando a los vivos. Nosotros hacemos algo parecido: llenamos de fantasmas a nuestros adversarios. Les atribuimos presencias que ya no están ahí, hazañas de otros tiempos, virtudes y rencores heredados. Entonces dejamos de enfrentar personas para enfrentar apariciones. Sor Juana dedicó buena parte de su obra a exhibir los engaños del entendimiento humano. Vemos el mundo filtrado por prejuicios, apariencias y jerarquías. Cuando llevamos todo eso a la cancha, es fácil confundir reputación con realidad.
En Micromegas, Voltaire envía a un gigante de Sirio y a otro de Saturno a recorrer el universo. Cuando llegan a la Tierra apenas logran distinguir a los seres humanos. Sin embargo, esos diminutos habitantes discuten con enorme seguridad sobre el universo, la verdad y su propia importancia. La sátira desnuda una condición profundamente humana: solemos confundir nuestra escala con la escala del mundo. Medimos la realidad con reglas hechas a nuestra medida y olvidamos que toda proporción depende del lugar desde donde se mira.
Quizá por eso exageramos con tanta facilidad. Engrandecemos peligros, idealizamos personas, magnificamos prestigios y reducimos nuestras propias posibilidades. No porque la realidad sea así, sino porque la imaginación rara vez conserva las proporciones. Fabricar gigantes es una de sus especialidades.
Nuestra narrativa es tan potente que define desenlaces antes de pisar la realidad. A veces el gigante es quien cree que ve al gigante. Cuando Juan García Esquivel, compositor mexicano y pionero del sonido estéreo, estuvo cerca de su ídolo Henry Mancini, la timidez le impidió saludarlo. En un giro inesperado, fue el autor del tema de La Pantera Rosa quien se acercó a Esquivel para decirle “soy tu admirador”.
Inglaterra heredó un enorme prestigio futbolístico. México no necesita negarlo. Sólo necesita ponerlo en su lugar. Este domingo el rival no será la Inglaterra que imaginamos, sino once futbolistas jugando en nuestro presente, en nuestra cancha.
Sí: visto así, cambia por completo el tamaño del rival.