Además, Bazalgette concibió y edificó estaciones ornamentales de bombeo de aguas residuales, cuya arquitectura fue tanto funcional como símbolo de modernidad. Actualmente la Estación de Bombeo Crossness es un sitio de interés turístico y un monumento a la visión de un hombre. Le llaman la “Capilla Sixtina” de las aguas residuales; hoy asombra y se venera con culto catedralicio. Un ejemplo del valor y la rentabilidad del buen diseño.
El punto relevante es que Bazalgette no vio el problema como un asunto técnico de capacidad de drenaje (nada más), lo vio como un asunto de civilización, un asunto de salvar vidas, dignificar la ciudad y asegurar su futuro. Aplicó lo que podríamos llamar la lógica del exceso, donde una obra es excesiva en el presente, pero se convierte en solución para el futuro. En México aplicamos la lógica del remedio justo, y a veces ni eso. El futuro no vota. No es políticamente rentable hacer obras en el subsuelo ni inaugurar pasos a desnivel a la mitad de un llano, donde décadas después habrá avenidas con gran afluente de automóviles. La visión del ingeniero británico contrasta con la costumbre de estar parchando problemas. Dijo: si lo hacemos mal, moriremos todos; si lo hacemos bien, nadie se dará cuenta.
Estamos acostumbrados a las crisis recurrentes de infraestructura, donde el agua tiene memoria, nosotros no. Nuestras decisiones nos condenan: desecamos mantos acuíferos, sepultamos ríos y pensamos que ganamos la batalla frente a la naturaleza. No es así. Cada vez que veamos flotar automóviles en la vía pública deberíamos recordar que el subsuelo nos reclama, nos recuerda que la civilización empieza por debajo de nuestros pies.
La historia de Bazalgette, su visión futurista, debería ser motivo de estudio, para que, desde la academia, las empresas y el gobierno, se asuma la lógica del exceso. En el país donde el largo plazo es un sexenio, es un desafío.
Empecemos por conceder que el exceso de hoy es la civilización de mañana.