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Simuladores

La simulación es una fuente de realidad. Desde tiempos cavernarios las especies vivientes se han valido de lo que hoy es una verdad publicitaria: percepciones son realidades. Crear una percepción, simular una realidad, ha sido una arma de sobrevivencia, un instinto, lo han usado los lobos en su andar solitario, cuando son capaces de aullar en diferentes tonos para simular que son más; lo usan los políticos al “maquillar” cifras o deformar hechos a conveniencia. Las tribus guerreras pintaban su rostro, usaban máscaras o deformaban partes de su cuerpo para ganar superioridad e infundir temor (dominar). La vida es en cierta forma un sistema de simulaciones para sobrevivir.

Durante la entrega de premios Golden Globe, la actriz de 68 años Diane Keaton salió al escenario, la cámara dejó ver el paso del tiempo en su rostro que no ocultaba arrugas ni el brillo de sus ojos. Lucía espectacular. Durante el inmediato corte comercial la marca de cosméticos L’Oreal anunció un producto que alude a la renovación del rostro y a la edad, donde Keaton luce unos 20 años más joven, sin arruga alguna. El contraste suscitó una tormenta de opiniones en las redes sociales, básicamente atacando a la firma de productos de belleza por alterar la realidad al abusar de la manipulación digital.

El tema abre un debate interesante pues en muchos sentidos las industrias de la belleza y moda, con la publicidad, crean estándares inalcanzables, lo que se traduce en personas (generalmente mujeres) inconformes consigo mismas, personas con baja autoestima, incapaces de alcanzar una imagen que ha sido creada muchas veces por una computadora.

No se puede erradicar la simulación, pero sí tenerla en un sano equilibrio. Una mujer que usa pestañas postizas o se maquilla, de alguna forma está creando una percepción distinta a la realidad, lo mismo sucede cuando usa tacones, pero es una simulación que crea emociones positivas tanto en ella como en el hombre, es una simulación acotada por los convencionalismos culturales. El problema viene cuando se crean estándares imposibles, cuando el factor cultural acepta modelos excéntricos.

Es de naturaleza humana no querer envejecer, sentirnos de menor edad, nuestro cerebro reptílico (persigue la sobrevivencia, la dominación y la procreación) nos impulsa a ello. Ante un grupo de personas, pregunten quién se siente de la edad que tiene, luego pregunten quién se siente de menor edad a la que tiene.

La autoridad en Inglaterra prohibió el anuncio de L’Oreal por considerar que alteraba la realidad y creaba expectativas irreales. En Israel se aprobó una ley que obliga a los anunciantes a declarar cuando las modelos han sido adelgazadas digitalmente. También prohíbe el uso de mujeres muy delgadas. Otros países tienen legislaciones similares.

Hasta donde sé, en México no tenemos una ley que regule esto. El código de ética de la AMAP (Asociación Mexicana de Agencias de Publicidad) es más bien una declaratoria de buenas intenciones con definiciones ambiguas en algunos puntos clave. En un país donde somos proclives a la simulación (“cómo te ven, te tratan”, “come frijoles y eructa pollo” “nos arreglamos por debajo del agua”, etc.) es importante legislar al respecto.

Por el contrario, la marca de cremas y jabones Dove, inteligentemente está construyendo valor de marca alrededor de la “verdadera belleza” y de levantar la autoestima de niñas, jóvenes y mujeres maduras que cuando se comparan con los estereotipos de belleza, se sienten profundamente infelices. “Los sueños rotos por la realidad”, diría el poeta de reciente partida, Juan Gelman.

 “A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega el momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden.” escribió Octavio Paz, seguramente sin conocer el photoshop.  La felicidad tal vez consiste en poder ser el personaje que somos, ese reflejo que cambia y envejece ante el espejo, ajeno a la deformación de un “yo ideal” que se pacta desde un teclado lejano.

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