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Lecciones de un miocardio

“Un pequeño hecho: te vas a morir. A pesar de todos los esfuerzos, nadie vive para siempre. Siento ser aguafiestas. Mi consejo es que cuando el momento llegue, no entres en pánico. Parece que no ayuda.”, dice con sarcasmo la muerte, convertida en el narrador de la novela y película “La ladrona de libros”, que da a la historia una profundidad reflexiva más allá de ser otra tierna anécdota sobre la compasión humana en tiempos de guerra.

Ajeno al narrador funesto, un muy querido amigo, compadre, lo llamaré Alfredo, se sentó a la mesa en un restaurante para, segundos después, iniciar ese misterioso viaje donde súbitamente todo se abandona, sin más aviso que un “me voy a desmayar”, antes de caer sobre el hombro de su esposa. Su corazón paró, su respiración también. Para él un túnel oscuro, para los demás la angustia, el caos, la vida extinguida en un soplo. Como en aquel cuento de Borges, en un momento preciso, el universo físico se le detuvo.

De haber estado en México, la ambulancia hubiese llegado en 15 o 20 minutos (rango optimista), como estaba en una comunidad cercana a Los Ángeles, llegó en 3 minutos. En un paro cardiaco, el oxígeno deja de llegar al cerebro, la sangre deja de circular, el corazón empieza a morir al minuto, la muerte triunfa, tú pierdes. En esa derrota final estaba mi compadre cuando surgió lo imprevisto, o quizá lo previsto en un guión que no nos es dado entender del todo.

Una joven norteamericana se aprestó sobre el cuerpo inerte. Con la soltura de quien salva vidas todos los días, le dio respiración boca a boca y masaje cardiopulmonar (CPR). Un latido artificial regresó a Alfredo del túnel, maniobra suficiente para que llegaran los paramédicos, luego el viaje en ambulancia, luego el hospital y días de convalecencia.

La muerte por temas cardiovasculares ocupa el segundo lugar en México, aún así, estamos lejos de adoptar una cultura preventiva que tenga a los primeros auxilios, y particularmente a la técnica resucitadora CPR , como parte de nuestras habilidades.  

Encontré una nota sobre la iniciativa de un diputado, Humberto Prieto Herrera, que propuso reformas a las leyes generales de Salud y Protección Civil, con el fin de capacitar a maestros de educación básica en primeros auxilios y prevención de accidentes. Ignoro si prosperó.

Tener mejores condiciones de vida implica tener una conciencia preventiva y de ayuda solidaria, estar capacitados en primeros auxilios. La demarcación cordobesa de Encinarjeo, es el primer municipio cardioprotegido de España. Su territorio tiene cobertura de desfibriladores en zonas públicas y muchos habitantes se han entrenado para usarlos. También descubrí está página mexicana http://rcp-mexico.com No estaría mal tener restaurantes y otros establecimientos cardioprotegidos, en México.

Usualmente estereotipamos al gringo como individualista y poco sensible, mientras que el mexicano es grupero, cooperador. Varias entidades norteamericanas mostraron su apoyo solidario: a pesar de no haber disponibilidad, el hotel alargó la reservación a la familia, la agencia de renta de autos flexibilizó la entrega, pero la línea aérea mexicana (no digo el nombre, sólo el color: morado) no quiso cambiarles la fecha de los boletos ni demostrando el suceso con pruebas. A veces el bajo costo también es baja solidaridad. Una cultura de primeros auxilios implica hacernos más solidarios en momentos clave, no sólo en la fiesta.

Ésta es la historia de una muerte fallida, que refuta aquella frase de Germán Dehesa “Dios perdona siempre, los padres casi siempre, los amigos con frecuencia, las parejas rara vez y el cuerpo nunca.” , una resucitación técnica, no milagrosa, que nos recuerda que pendemos de un latido, o que avanzamos al último, como dice el oscuro narrador “…en algún momento, estaré junto a ti, tan genial como sea posible. Tu alma estará en mis brazos (…) Te llevaré suavemente.”

En unos días Alfredo celebrará su cumpleaños. Gracias a una sociedad solidaria y entrenada, será su segunda venida al mundo.

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