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El sistema y el monstruo mexicano

En la única conversación que tuve con Carlos Fuentes le pregunté cuál era la mejor obra de Vargas Llosa, sin titubear pronunció el nombre de aquel libro que desde su primera página lo posicionó con una pregunta retórica y dolorosa: “¿en qué momento se había jodido el Perú?”. Evocar Conversación en La Catedral y la reflexiva inquisición de Santiago Zavala es algo que me viene por la mente de la misma forma que el frío de estas mañanas nos ocurre en la piel y en nuestras sierras.

Basta voltear a casi cualquier lado y encontrar partes enfermas de México. Ni siquiera hay que ir hasta Calpulalpan. En Chapultepec, epicentro de nuestra historia, sucede cotidianamente el funcionamiento eficaz de un sistema perverso. Vean el reportaje de Reforma el día de ayer, vean cómo entre franeleros que cobran por el espacio público, los policías que los toleran, las cámaras de vigilancia que no intimidan, las señales que prohíben el estacionamiento en la zona aledaña al Museo de Antropología, se comete una transa más. Justo al lado de la cultura que nos da tanto orgullo, se manifiesta la cultura corrupta, ese modo de hacer mexicano. Pasado y presente que hace inevitable parafrasear a Zavalita: ¿en qué momento se nos jodió México?

¿Cómo arreglamos lo que no funciona de este país? Propongo para ello un pequeño pero sustantivo cambio de palabras: a ¿en qué momento se nos jodió el sistema?, un ¿cómo arreglamos lo que no funciona de este sistema? Dicho de otra forma, intentar arreglar la cultura mexicana es modificar el sistema cultural mexicano.

A veces siento que las cosas me suceden para que se las cuente. Esta semana visité una empresa textil en Aguascalientes, ciudad emblemática de la industria automotriz. La firma en cuestión aplica una filosofía de trabajo inspirada en Toyota y sus pilares de mejora continua y respeto por el individuo. Como bien saben muchos, hay toda una “forma de ser y hacer Toyota” (The Toyota way), es decir, una cultura Toyota (del mismo modo que hablamos de un Mexican way, o cultura mexicana de ser y hacer). El punto es que las organizaciones son capaces de mejorar cuando toman acciones para implantar un sistema o modifican (para corregir y mejorar) el actual. Indagando en la filosofía que inspira a la firma textil, me contaron que uno de sus parteaguas fue cuando los visitó el padre del Kaizen, Masaaki Imai. Una de sus observaciones fue mostrarles una aparente banalidad: las paredes salpicadas en el área de estampado. “Todas las fábricas de estampado tienen esto”, dijo, a modo de defensa, uno de los directivos. “No sabía que ustedes querían ser como todas las fábricas del mundo”, asestó Imai.

A partir de esa visita esta empresa ha creado su propia cultura, inspirada en la de Toyota. No sólo trabajan más eficientemente hoy, sus empleados son muy bien cotizados en la plaza. Otro de los directivos me contó que cuando trabajaba en la transnacional mexicana que fabrica pan y que usa un osito como emblema, fue a dirigir la operación a un país centroamericano. Cierto día le avisaron que la primera dama quería visitar la planta. Durante el recorrido, la esposa del Presidente preguntaba con asombro ¿cómo es posible que 3 mexicanos hayan cambiado, para bien, a cientos de costarricenses? La respuesta es, claro, habían aprendido la cultura Bimbo. Esa es la ventaja de pensar en sistemas, cambian conductas a partir de modelos.

México nos duele en cada corruptela o, como bien cita mi querido David Konzevik al poeta y diplomático griego Seferis, “allá donde la toques, la memoria duele”, quien en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura en 1963 nos invitó a pensar en el ser humano: “En su camino a Tebas, Edipo se encontró a la Esfinge y su respuesta a la adivinanza fue: El Hombre. Esta simple palabra destruyó al monstruo”. El monstruo mexicano de la corrupción disminuirá cuando empecemos a cambiar al ser humano, cuando cambiemos el sistema con el que hoy operamos.

Para el 2018, pensemos en un candidato que entienda esto, no que sea parte de aquello.

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