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El Inframundo

Desde hace varios años frecuento la Riviera Maya, particularmente la zona de Playa del Carmen y sus alrededores. Mis espaciadas visitas me han permitido asombrarme del pujante crecimiento del entorno, ver su rostro cambiante, metamorfosis sin tregua, una inquietud que parece no tener freno mientras aparecen más hoteles, más comercios, más gasolineras, más taxis, más restaurantes, más servicios de esto y aquello, más parques temáticos, más turismo, más vuelos, más y más de tanto, y supongo que también más empleos.

En esta zona paradisiaca de México que tanto valoran los extranjeros, no todo me resulta agradable. La carretera de Cancún a Playa del Carmen, antes plana como la península yucateca, tiene ahora pasos a desnivel donde el concreto llena de gris una vista que antes era verde y, lo peor, han puesto, en número exagerado y a una distancia absurdamente cerca una de otra, unas lámparas curvas y puntiagudas como el esqueleto de una ballena, que son como espinas agrediendo al horizonte. La emblemática y otrora tradicional mexicana calle de la Quinta Avenida ha cambiado tanto que apenas es reconocible. Los anuncios luminosos de las marcas del mundo llegaron para quedarse a punta de dólares.

Frente a uno de los comercios de telas y bordados, atendido por mujeres indígenas con indumentaria propia de su región, brilla el rosa de la marca que viste a las mujeres de ángeles mientras desfilan en ropa interior en una pantalla de plasma al fondo de la tienda. Los centros comerciales han transformado las esquinas y hasta manzanas enteras. Las escaleras eléctricas y los elevadores, los aparadores luminosísimos y los precios en dólares, contrastan con el mundo detrás del telón de Playa del Carmen, una ciudad con dos y hasta tres rostros. Una forma de vivir se extingue mientas otra surge.

Ignoro si José Saramago viajó por la Riviera Maya, lo que parece un hecho es que el portugués vio lo que ahí sucede, quizá por eso escribió La caverna, donde advierte dos mundos en colisión, el urbano y el rural, un choque que provoca extinciones cotidianas, la pequeña alfarería que deja de ser atractiva ante el gran centro comercial que todo lo devora, un espacio, a decir del Nobel, donde hay ausencia de comunicación pues el dependiente de una tienda no necesita intercambiar ninguna frase con el comprador, a diferencia de los pequeños comercios locales. En su libro, Saramago se refiere a los escaparates y los centros comerciales como

cavernas de la época.

A unos cuantos kilómetros de esa vorágine conocí otra oscuridad, una forma de Xibalbá, el inframundo de los mayas, también referido como un espacio de fertilidad. Hice un recorrido de tres horas por una caverna semi inundada, un sistema de cuevas donde las estalactitas precipitan a golpe de agua y siglos esculturas caprichosas y espectaculares, y las estalagmitas reciben con paciencia de abuelos el agua que vuelve a caer en el mismo sitio millones de veces hasta levantarse para tocar la estalactita y erguir columnas resistentes al viento y al vuelo de los murciélagos, mientras incontables cavidades con agua azulísima y cristalina dejan ver uno que otro pez gato y otras criaturas inofensivas que, bajo el amparo de la oscuridad total, crean luz y vida en un ecosistema que vive por y para la selva superficial, donde raíces de ceibas y chacás horadan la piedra hasta llegar al agua, un mundo sublime y delicado que bajo el sello de Río Secreto se ha propuesto la conservación de esta maravilla natural ante el inminente y voraz embate del crecimiento urbano.

Tuve la fortuna de tener como guías a Ricardo Careaga, un biólogo que ama su trabajo, y a Juanito Mokul Cahum, un maya de la zona que opera la cámara fotográfica con destreza. Ellos me contaron de una vasija (¿señal del alfarero Cipriano Algor?) encontrada en aquellas cavidades, que sigue ahí, en el mismo lugar, como respeto por los antiguos moradores. Me hablaron también de tres jaguares que habitan entre la vegetación que no está considerada como selva alta y por lo tanto sujeta a la ambición inmobiliaria. El avance urbano desmedido es contradictorio, nos da mientras nos despoja. Me hubiera gustado brindar con Saramago.

Hay oscuridades que iluminan. Cuando salí de la caverna regresé al mundo de los muertos.

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