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Abrir la mente

Muchas medidas gubernamentales pretenden generar un beneficio social, sin embargo, en algunos casos la sociedad no lo percibe así. En buena medida el eje de la campaña del gobierno de la República da cuenta de ello al insistir ad nauseam: “lo bueno también cuenta”, un ruego para que la mirada del ciudadano vea lo que no ve. ¿Es posible que dos personas o grupos miren lo mismo pero vean cosas distintas?

En varias ciudades del país se está gestando una nueva cultura de vialidad no motorizada, en privilegio de peatones y ciclistas. Guadalajara es un ejemplo de ello. Las ciclovías han generado aceptación y crítica. Sus detractores, generalmente automovilistas, señalan que se les ha reducido su espacio y que han tenido accidentes al golpear su auto con los pequeños postes que sirven de barrera entre lo que era de dominio exclusivo para su majestad, el automóvil, y la zona para ciclistas y peatones. Estamos, parafraseando a Gramsci, ante el caos de un sistema cultural que no ha muerto y uno que no ha terminado de nacer. En varios funcionarios públicos hay incredulidad y hasta frustración.

Según da cuenta Proceso, el director de Movilidad no Motorizada del gobierno de Jalisco, al ser cuestionado sobre las quejas a las ciclovías, dijo de ciertos vecinos: “Ojalá abrieran un poco la mente para entender la problemática de movilidad…” y continuó con fundamentos técnicos en los que no le falta razón. En otro contexto, escuché a un funcionario gubernamental: “se necesita estar ciego o distraído para no ver los postecitos”. Ambos personajes no pueden creer que los ciudadanos no vean lo que para ellos es evidente.

Las innovaciones que implican un cambio en el sistema cultural deben abordarse con apoyo no sólo del área de comunicación de las dependencias sino con ayuda de las ciencias sociales y la neurociencia. Lo mismo aplica para un empresario que está seguro de que su producto será un éxito, hasta que el mercado lo rechaza (aparentemente sin razón alguna).

En general, nuestro cerebro realiza dos grandes tareas para tratar de entender la realidad: la observación y la interpretación. Asumimos que observamos lo mismo y por ende interpretamos lo mismo. Falso. La percepción es el proceso mediante el cual los individuos organizan mentalmente la información sensorial de su entorno, para darle significado. Esta capacidad -y necesidad- simbólica es distinta en cada persona o grupo, depende de factores como edad, género, escolaridad, experiencias de vida, lugar donde vive y trabaja, herencia familiar y social, valores, expectativas y más. Toda esta cosmovisión forma paradigmas y prejuicios en la forma de interpretar. No lo duden, estamos programados para sesgar: la evaluación desigual entre alternativas, que generalmente pone una opción arriba de la otra.

Cuando evaluamos la conducta de los demás (función básica del cerebro y necesaria para la sobrevivencia) tratamos de determinar si fue provocada por factores externos o internos al otro. Tendemos a subestimar la influencia de los factores externos y sobrestimar la influencia de los internos. Por eso los funcionarios no pueden creer que la gente no vea “lo evidente”. Ellos, los del gobierno o los empresarios, llevan tiempo analizando los pros y contras de una medida, su cerebro la tiene muy vista, pueden distinguir los patrones cuando ven la realidad. El ciudadano, el consumidor, simplemente no lo ve; su cerebro edita la realidad (otra función cerebral) y “borra” elementos. El resultado es que a pesar de observar lo mismo, la interpretación es distinta. De aquí el principio del “ojo clínico”, que no es otra cosa sino un cerebro entrenado para distinguir patrones.

Ante el peso de los testimoniales en la administración de justicia penal, saber que muchas veces vemos ilusiones abre cuestionamientos radicales. Entender estos principios debería ser parte de la formación de gobernantes y empresarios (también de sus equipos de trabajo). Aceptar que no se es dueño de la verdad y que el otro, por sus circunstancias y contexto, puede interpretar de forma distinta es el principio de un camino que lleva al entendimiento. “Abrir la mente”, “dejar de estar ciego” es aprender, pero también saber enseñar. No se llega ahí sin educación, ese gran dolor en un cuerpo llamado México.

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