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3 minutos en agosto

Corría el año de 1957 en la capital mexicana, al calor de una tertulia dos familias emparentadas conversan de cualquier tema. Los visitantes elogian la casa y los anfitriones responden que la venden y además a buen precio. Fue literalmente una venta nocturna. Los nuevos inquilinos nunca imaginaron que su vida cambiaría por culpa de un vecino bravucón apodado El Dandy que, en su afán frustrado de conquistar a una de las jóvenes hijas, respondió con violencia. Fueron frecuentes las pedradas que por la noche rompían los vidrios de las recámaras, los acosos en la calle, las amenazas de quemar la casa. El padre de esa familia, un artista del pincel y el óleo, decidió enfrentar al enemigo con una acción inaudita: lo invitó a cenar a su casa. Teniéndolo en su territorio, lo atacó sin piedad con su arma letal: el buen trato y la palabra. Fingiendo no saber quién era el causante de aquellas fechorías, le pidió consejo y ayuda al visitante. Cesaron para siempre las agresiones.


De no haber salido bien ese arriesgado episodio, tal vez yo no hubiera nacido. Aquella jovencita era mi madre. Mi abuelo materno tenía el don de la palabra y El Dandy resultó ser un tipo razonable. Eran tiempos en los que hasta los malosos tenían cierto honor. Con esto de ninguna manera avalo la decisión presidencial de haber invitado a un individuo que se ha posicionado como enemigo de los intereses de México y los mexicanos. Trump no es El Dandy y Peña Nieto no tiene la elocuencia de mi abuelo.

Acabo de ver la estupenda puesta en escena de 3 días en mayo (inspirada en las revelaciones del diario de Sir John Rupert “Jock” Colville, en su juventud secretario de Churchill), dirigida por Lorena Maza. El recién nombrado primer ministro enfrenta un duro dilema entre firmar la paz y someterse a Hitler o enfrentarlo. Era 1940. Sabemos lo que decidió y sabemos que su decisión cambió la historia del mundo. Lo que no conocíamos es la visión íntima de los debates del comité de guerra y la pasión y determinación con la que el carismático líder supo estar a la altura de las circunstancias, supo defender a su pueblo y llevarlo a la victoria.

Guardadas las proporciones, no estamos en guerra con ningún país y Trump no es Hitler (aunque el Presidente ha hecho alusiones a la “retórica estridente” de líderes fascistas y a las del candidato republicano), pero esperábamos una contundente defensa que no llegó y para colmo empeoró el panorama.

Y la defensa no llegó porque el Presidente carece de una arma diplomática fundamental: la elocuencia. Desprovisto de los renglones oficiales y acartonados que ya había leído, quedó a merced de una sorpresiva conferencia de prensa provocada por Trump al tomar una pregunta y luego cederle, con un gesto corporal, la palabra al Presidente, quien a la deriva fue incapaz de responder con contundencia y encima nos asestó el letal golpe al decir que los mexicanos hemos malinterpretado a quien durante un año nos ha ofendido. (Ver un imperdible análisis de lenguaje corporal https://www.youtube.com/watch?v=TuP5lu4jj60).

Como recrear un penalti fallado, en mi mente lo anoto: “Señor Trump, la historia demuestra que los muros nunca han sido la solución a los problemas del hombre. Sólo los puentes de la cooperación y el diálogo crearán las condiciones para un futuro próspero de nuestras naciones. Aunque reconozco el derecho legítimo de cualquier país para construir un muro en su frontera, estoy en contra de esa idea y sepa que los mexicanos no vamos a pagar por ello. Ante usted aquí, en esta residencia oficial, me acompañan mexicanos ilustres que han triunfado y viven en Estados Unidos. Aquí está uno de sus mejores médicos, el Dr. Quiñones, mexicano respetado y admirado en Estados Unidos. Junto a él hay empresarios, activistas, trabajadores, todos ellos han hecho que Estados Unidos sea mejor de lo que es, ninguno de ellos es violador, criminal ni traficante. Señor Trump, sus declaraciones han ofendido a millones de mexicanos, les debe usted una disculpa. Antes de irse tiene la oportunidad histórica frente a ellos y frente al mundo”.

Enrique Peña Nieto tuvo 3 minutos en agosto para dar un giro a la historia. Ante los ojos de la nación y del mundo, los dejó pasar por obra, palabra y omisión.

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