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Un Vate queretano

La tarde de ayer, hurgando en algunos archivos familiares, hice un descubrimiento arqueológico, que seguramente no emocionará a nadie, salvo a uno que otro miembro de mi familia, y eso si deciden leer el periódico esta semana, la última del año, días cortos y noches largas según la astronomía, circunstancia avalada por nuestras fiestas decembrinas, que nos llevan de las posadas al recalentado navideño y de ahí a la celebración del año nuevo. Como sea, son días de guanga actividad y mucha reflexión, o sea de reflejo, y yo me vi reflejado en unos papeles color sepia donde se hace alusión a la vida y obra de José María Carrillo que (aquí el nimio descubrimiento) firmó muchas de sus creaciones con un anagrama de su nombre: Carlos M. Lijero.

A Pepe Carrillo le decían “el Vate”, ese apelativo que cargan los poetas, hacedores de rimas, trovadores de cualquier motivo, soñadores de palabras y artífices de uno que otro suspiro. El casi pergamino de 14 páginas que encontré se intitula “Unas cuantas palabras a guisa de prólogo de las poesías de ‘Carrillito'” y tiene al final la rúbrica original de “Su discípulo. J. C. A. Monarca”, sin fecha. El autor describe a quien fuera su maestro: “Para el corazón no hay ausentes…no hay muertos; y cuando leo algunas de las poesías o refiero alguno de los chispeantes y recreativos cuentos de Carrillito, siento el recuerdo de épocas pasadas, de ilusiones perdidas; me lo imagino sentado gravemente siempre, pero siempre sonriente al dar sus concurridas clases orales de historia, idiomas o teneduría de libros en que era autoridad competente, con el raro don pedagógico de saber transmitir los conocimientos de la materia que trataba. Clases hermosas e inolvidables, siempre interesantes y amenas, que eran interrumpidas casi diariamente por improvisados versos o punzantes cuentos recreativos, que entrañaban un fondo de enseñanza, recitados a petición de sus discípulos, con la agradable circunstancia de que tan oportunas y festivas pláticas, iban impregnadas constantemente de sabrosa salsa y exquisita sal de bien decir”.

Recordé la película La Sociedad de los Poetas Muertos, donde un profesor tiene un poder casi magnético entre sus alumnos. Me hubiera gustado conocer a mi bisabuelo materno y asistir a alguna de sus cátedras, escuchar sus discursos públicos o asistir a sus tertulias. Lo he ido conociendo poco a poco, como se va desenterrando una ofrenda prehispánica. Hace unos pocos años supe que la calle del primer cuadro de Querétaro, Vate Carrillo, lleva ese nombre en recuerdo de quien la crónica de la época considera no sólo un decano del periodismo de esa bella ciudad sino también uno de sus más queridos poetas.

En cada hallazgo, en cada pedazo de papel añejado por los años, puedo ver el alma buena de un hombre que le cantó al amor, a la justicia y a la bondad, que no siempre encontró en el mundo. De esos hombres necesitamos más.

Carrillito vivía en verso. En una estrofa el poeta pide a su amigo Prof. Silverio L. Martínez la libertad del músico Jacinto Olvera, miembro de la Banda de Rurales del Estado: “Maestro: Al chaparrito Jacinto, Que es alto de mí bemol, Hoy lo has privado del sol, Del cuartel en el recinto; sus tristezas no te pinto, Pues la imaginas completa; Mas si faltó a la escoleta, ¿Lo darás libre por mí? Dame, Profesor, el sí, Y échalo antes de retreta. De generoso es tu fama, Y si esta solicitud obsequias, mi gratitud no cabrá en el pentagrama. Por vida, pues, de la gama, No te muestres sostenido; Escucha el claro sonido, De tu noble corazón, Y saca del diapasón, El sí bemol contenido”.

De una crónica que publicó en El Heraldo de Navidad (1959) mi abuelo J. Lauro Carrillo, rescato un fragmento de un verso titulado “Ultimo día del año” que esboza el espíritu de un hombre que trascendió por sus nobles ideales, palabras que expresan mi sentir para ustedes de cara al año nuevo. Fueron escritas a principios del siglo pasado, muy lejos del México dolido por la corrupción rampante, palabras de un idealista y de un patriota que, a diferencia de muchos políticos y exgobernadores de hoy, supo ser un hijo destacado de su terruño: “Mañana, nuestro hogar atribulado/inunde el sol que alumbra y que conforta./Mientras mi pobre hogar se llame honrado,/la dorada fortuna no me importa”.