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Territorios abandonados

Algo debe tener el trapo que limpia la mesa o ver cómo se llevan los platos con restos de comida, el caso es que la sobremesa se volvió profunda. Mi interlocutor, afamado casanova, desdoblaba la técnica de sus conquistas. Como suele sucederme, algunas palabras se quedaron resonando en mi cabeza, covacha neuronal a la que entro cada semana en busca de convertir algún trasto en algo útil.
Volviendo a este don Juan moderno, su técnica de seducción, aunque envuelta en la seda lustrosa de las palabras que acarician, era más bien marcial, antropológicamente ligada a la naturaleza humana y a uno de sus ejes vitales: el territorio. Este cazador de amores era una invasor de territorios, pero no de cualquier territorio. Había desarrollado una gran habilidad para olfatear el flanco vulnerable; fue entonces que me dijo con énfasis: “¡territorios abandonados!”. Si el territorio era la autoestima, las elogiaba hasta recuperar su ego, si era asunto de carencias materiales, nada como una bolsa de marca francesa, y así.
En la guerra y otros desdoblamientos metafóricos de combate, el dominio territorial es parte esencial de la estrategia. El centro del tablero en el ajedrez es el objetivo en la primera fase de una partida, un peón bien puesto inclina el resultado. En el futbol americano gana quien avanza en “territorio enemigo”, liderado por un “mariscal”.
El tema viene a cuento si pensamos en la Patria. Los ciudadanos, particularmente los capaces (afortunadamente hay muchos), han cedido el territorio. La naturaleza no gusta del vacío, todo tiende a ser llenado. Si dejas tu casa por unos días, aunque bajo cerrojo, el polvo encontrará camino para cubrirlo todo. Si te vas por años, encontrarás flora y fauna. En México cedimos el territorio de la política a una especie que con los años se ha sofisticado y pertrechado en un territorio que antes nos pertenecía. La partidocracia y la parasitocracia ocupan México, se han aprovechado del repliegue, salvo honrosas excepciones de políticos y funcionarios con méritos, cobran derecho de piso al país.
Hace poco, al recibir el premio José Emilio Pacheco, el gran Fernando del Paso dijo en Mérida un discurso que debería ser la extensión contemporánea de los Sentimientos de la Nación. Dirigiéndose al vate fallecido, Del Paso se lamenta y atiza: “¡Ay, José Emilio!: ¿Qué hemos hecho de nuestra patria impecable y diamantina? (…) conozco el olor de la corrupción; dime, José Emilio: ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?”.
Y luego, sin usar la palabra “territorio”, la dibuja: “… me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener. ¡Ay, José Emilio! Sí, dime cuándo empezamos a olvidar que la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos sus hijos por igual”. El autor de Palinuro de México se refiere al ciudadano. Y su remate es tan agudo como certero: “…espero que nos encontremos una vez más cuando nuestro país sea de nuevo nuestro”.
Recuperar la Patria es recuperar el territorio cedido, implica fortalecer el camino de la participación ciudadana que a su vez regenere las instituciones y la autoconfianza. Necesitamos un nuevo ser político, uno que se prenda de pasión al leer el discurso de Del Paso: “¿Qué se hizo del México post-68? Qué proyecto de país tenemos ahora… ¿Qué proyecto tienen quienes dicen gobernarlo? Me permito citarte una vez más, ‘conozco tu país -decía el gringo- pasé una noche en Tijuana / éstas son las palabras que me sé de tu idioma: / puta, ladrón, auxilio, me robaron’. ¿En qué se diferencian estas palabras de ‘político, autoridad, socorro, me extorsionaron’?”.
“Algo se está quebrando en todas partes”. Del Paso evocó a Pacheco, y sin proponérselo quizá, nos recuerda que el cambio, al avanzar, cruje.