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Retirar el escombro

A José Galicot, 80 años y contando.

Pasado el punto neurálgico del desastre, el desastre sigue ahí. Después de la emergencia y la premura por salvar vidas, continúa el dolor por las pérdidas humanas y materiales. Sobreviene la imperiosa necesidad de retirar el escombro de modo que la reconstrucción sea posible y se impone la reflexión para tratar de entender de qué forma puede el país aprovechar la energía ciudadana en una renovación del espacio que abarque mucho más que las construcciones destruidas.

Estamos unidos en momentos de penuria, nadie lo duda. Los edificios en ruinas han convocado más gente que el Ángel de la Independencia en un triunfo deportivo. Tenemos una nueva forma de creer en la esperanza: en México la tragedia tiene más hijos que la victoria. Los movimientos telúricos han cimbrado la conciencia nacional y han liberado un momentum que no debemos perder. El riesgo que enfrentamos es que pronto todo siga como antes.

Nuestro actuar en días pasados ha refrendado un rostro de la condición humana: necesitamos un enemigo, una fuerza opositora ante la que se requieren manos y voluntades, el sismo ha sido esa figura. Del mismo modo que los habitantes del planeta Tierra nos uniríamos solamente ante un enemigo mutuo, como la amenaza extraterrestre, en México dejamos, al menos momentáneamente, en segundo término nuestras ideologías, creencias y colores partidistas para enfrentar una causa en común. ¿Podríamos aprovechar las metáforas que encierra esta tragedia para tener un mejor país?

Todo indica que varios edificios colapsaron por deficiencias constructivas, lo que es sugerente de actos de corrupción. Materiales defectuosos, incumplimiento de normas, permisos indebidos, inspectores comprados, modificaciones ilegales. Como dice Jorge, amigo y filántropo, el sismo cobró centenas de víctimas, la corrupción causa miles de centenas de víctimas al año y no ha sido capaz de unirnos con tanta vehemencia.

El dramatismo y la intensidad física de un minuto de oscilaciones es superior a la degradación lenta de la corrupción, pero a fin de cuentas ésta nos ha hecho más daño. Poco podemos hacer para prevenir terremotos, mucho por combatir la corrupción.

Retirar el cascajo debería ser equivalente a desechar socialmente lo que no necesitamos y además nos hace daño. Hemos tenido una tolerancia vergonzosa ante los corruptos (deberíamos empezar a darle forma y rostro al mal, la corrupción es abstracta, los corruptos tienen nombre y apellido), los aceptamos en nuestro círculo inmediato, asisten a los lugares que frecuentamos, pertenecen a las asociaciones a las que pertenecemos, es más, muchos son nuestros entrañables amigos y a más de alguno lo vemos como ejemplo de éxito. ¿Qué pasaría si retirar el escombro equivaliera a repudiarlos en lugares públicos, no aceptarlos en las asociaciones donde lavan su nombre, no hacer negocios con ellos, hacer que sus hijos sientan vergüenza de cargar ese apellido, darles la espalda y terminar con la amistad? Suena fuerte, ¿cierto? Ésta es la penosa y durísima carga de tirar el cascajo. Seguramente esto convocará a menos voluntarios que un terremoto.

Tenemos un enemigo más grande y más mortal que un sismo. En el momento que a los corruptos les neguemos el espacio, no como exterminio sino como deseo de su conversión y pago del daño, veríamos una transformación positiva que impactaría nuestros dichos, “el que no es transa, no avanza” por “el que es transa, no avanza”. Se requieren millones de voluntarios para una política de cero tolerancia a la corrupción.

El hartazgo social debe transformarse en madurez para tomar una decisión trascendente: escojamos un enemigo en común, los corruptos. No se trata de una arenga violenta, se trata de entender, como escribió Umberto Eco, que “la figura del enemigo no puede ser abolida por los procesos de civilización”. Quienes buscan la paz tienen como enemigo a la guerra, los justos a la injusticia. No podemos vivir sin enemigos; la sabiduría tal vez consiste en saber escogerlos.

El momento en que sobre los corruptos en México caiga ese etéreo “peso de la ley” más el peso del rechazo social (hoy es acogida social), no podrán salir debajo de miles de toneladas de desechos, entonces los retiraremos como lo que son, pedazos inmerecidos de nosotros, cascajo social, escoria.

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