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Reflexiones de una pulga

Recibí un correo electrónico con falsa pinta de intrascendente, no hablaba de las elecciones recientes, del triunfo de los candidatos ciudadanos, tampoco de la evaluación a los maestros, mucho menos del precio récord del dólar, del futuro del país o la recomposición del Poder Legislativo. El mensaje anexaba un artículo del Daily News Egypt donde César Chelala expone lo que intitula: Los secretos de Messi. Como suele sucederle a las cosas leves, adquieren gravedad hasta convertirse en evidentes.

Chelala cita a varias personas explicando el talento de “La Pulga” y afirma que quizá la mejor teoría es la de Eduardo Galeano, aquí la sintetizo: Maradona llevaba el balón pegado al zapato, Messi lo lleva dentro del zapato. A pesar de mi enorme respeto por el escritor uruguayo, disiento de él y de Chelala con una explicación tan simple y a todas luces imposible. Eso sí, poética. Renglones antes, Chelala tuvo la respuesta sin verla.

Cuando uno tiene preguntas, llama a David Konzevik. Chelala cita al economista argentino, conocedor y apasionado del futbol, quien a su vez tiene el tino de citar a Johan Cruyff: “El secreto de Messi es la velocidad para cambiar el ritmo. Cambia de dirección cada medio metro. Cuando un defensa da un paso, Messi ya dio dos en diferentes direcciones. Su dominio de la relación velocidad-tiempo es magistral, siempre empieza primero y le permite escapar.”

¡Es la velocidad, estúpido!, me dije, y recordé un documental sobre la velocidad de los insectos. Una mosca es más difícil de atrapar para el hombre, que una oruga. Sus velocidades motrices son abismalmente distintas. De hecho, si uno fuera una oruga, el mundo se movería tan rápido que veríamos líneas en fuga (como esas fotografías de larga exposición con automóviles circulando en la noche). Pero con la mosca sucede lo contrario, para este pequeño insecto, nosotros los humanos nos movemos en cámara lenta, no es casual que escapa a la mayoría de nuestros intentos de aplastamiento y no es casual que el matamoscas, extensión flexible de la mano, adquiere tal velocidad que llega a ser imperceptible a nuestro ojo, iguala la velocidad de la mosca y ésta muere.

¿Lo que hace Messi es mágico?, en esencia sí, porque uno de los principios que hacen que la magia funcione es la velocidad de la mano que vuelve invisible la treta para el común de los ojos. Hurgando en el tema, encontré que los científicos han logrado medir al ser más rápido sobre la tierra, un ácaro que en relación a su largo corporal hace palidecer al velocista de 100 metros, Usain Bolt, quien corre a 44.2 km/h. Con una estatura de 1.96 m, su ratio de velocidad y tamaño corporal es de 6 lc/s (donde lc es “largo corporal” y s “segundos”). El ácaro corre a 0.225 metros por segundo, pero como mide tan solo 0.7 mm, tiene un ratio de 322 lc/s, es decir, es proporcionalmente 53.6 veces más rápido que Bolt.

Aunque a Messi le apodan “La Pulga” por pequeño, queda claro que su tamaño corporal y su velocidad lo hacen imparable. Cuando un defensa estira el pie, Messi ya no está ahí, de la misma forma que para nosotros escapa un insecto alado. Otro apasionado del futbol, Juan Villoro, dice en “Dios es redondo”: “El futbol es, entre otras maravillas, un gran disparate físico”, hablando de la corta estatura de Maradona. La física tiene una respuesta para explicar los prodigios de dos chaparros. La velocidad llega a ser una arma letal y estratégica, ¿no acaso en los negocios se valora el ciclo de conversión de efectivo?

Hace poco tiempo le dijimos a una legendaria casa funeraria que una velación se experimentaba a diferente velocidad y los clientes eran capaces de notar ciertos estímulos del contexto cuando la velocidad era baja (de la misma forma que puedes notar las flores en una carretera cuando estás detenido, pero no podrías notarlas cuando vas rápido). La velocidad afecta la forma en que percibimos el mundo.

El cerebro de “La Pulga” procesa videoespacialmente más rápido que sus rivales. Lo que hace Messi sucede en el futuro, sus rivales juegan en presente; cuando llegan, él ya sucedió.