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México, lo pendiente

La inconformidad es la madre de la provocación. Sólo así me explico que Pepe Galicot, a sus casi 80 años, tenga la vitalidad del joven que no aspira a adaptarse al mundo sino a cambiarlo. Participo en una ronda de disertaciones libres que Pepe, nuestro anfitrión, ha denominado Cabo Talks, un encuentro de mentes disímbolas durante dos días y medio frente al encanto del Mar de Cortés. Un retiro intelectual a modo de un think-tank donde se discuten ideas y se provoca el intercambio reflexivo.

En el primer día se dibujaron una serie de acciones para cambiar a México. Sergio García de Alba tiene la sensibilidad de un empresario con la visión del funcionario público. Su paso por la Secretaría de Economía durante el gobierno de Fox le dio un buen conocimiento de los problemas que enfrenta el país. De su exposición (complementada con algunos temas propios) sintetizo una serie de puntos en los que México debe trabajar con urgencia.

El desarrollo de liderazgos. El país está muy necesitado de buenos líderes sociales, empresariales y políticos. Domina una mediocridad que produce resultados mediocres. Se requiere que las universidades se interesen en desarrollar e impulsar líderes que entiendan la problemática nacional y sepan aplicar soluciones. Líderes que además sean congruentes entre lo que predican y lo que hacen.

Aumentar el porcentaje del PIB de empresas orientadas a media y alta tecnología. Se estima, por parámetros internacionales, que un país debería tener al menos un 25% de su PIB generado por este tipo de empresas. Hace algunos años se hizo una medición en uno de los estados tecnológicamente más avanzados, Nuevo León, y el porcentaje fue de apenas el 7%. El país sigue produciendo muchos abogados, contadores, psicólogos, pero pocos ingenieros y especialistas en carreras de alta sofisticación, lo que lleva al siguiente tema: una reforma educativa orientada a las megatendencias y a la formación de emprendedores más aptos. Habrá que importar las mejores prácticas de aquellos países que nos superan en investigación y desarrollo y generación de patentes.

Retomar la vocación agropecuaria y agroindustrial que el país tenía antes de la migración social del campo a las ciudades. Invertir en nichos estratégicos y generar valor agregado (hoy, por ejemplo, exportamos ganado en pie e importamos carne). Las condiciones climáticas permiten que un renovado apoyo al campo haga de México potencia mundial en varios cultivos.

Detener la fuga de talentos ligada a una insuficiente oferta de posgrados y de empleos bien remunerados, y por supuesto mejorar las condiciones de seguridad, tres factores que inciden en el éxodo de cerebros.

Implantar un sistema de mentores que permita una transferencia de conocimiento entre aquellos con experiencia y los que apenas inician una actividad empresarial. En este punto inserto otra de las ponencias: La responsabilidad de la inteligencia, por Ricardo Elias, donde básicamente manifiesta la obligación que tienen los miembros más inteligentes de la sociedad para enseñar, invertir, dirigir, construir y crear, pudiendo o debiendo ser mentores hasta del propio gobierno, de modo que las acciones tengan verdaderamente un impacto social.

Implantar una reforma fiscal que fomente y apoye a las Pymes, el gran empleador del país. Desarrollar un ecosistema que favorezca el crecimiento de este tipo de empresas.

En uno de los recesos del evento aproveché para llamar a mi buen amigo David Konzevik y le pregunté cuáles serían a su juicio tres grandes cambios que México debería hacer. Su respuesta no pudo darme más gusto: “cultura, cultura y cultura”, entendida no como el saber promedio de la población sino como un cambio en nuestro sistema social, una nueva forma de pensamiento que produzca una nueva generación de acciones.

Añado a estos temas el restablecimiento del Estado de derecho a través de una decidida y frontal lucha contra la corrupción e impunidad (que por supuesto no se logra por decreto), la promoción de empresas culturales con vocacionamiento regional, y una nueva visión de desarrollo económico donde el Estado deje de ser productor de deuda para convertirse en generador de recursos.

El paciente está diagnosticado. Ninguno de estos cambios es imposible.