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La reforma cultural

Muchos grandes descubrimientos de la humanidad han sido producto de un encuentro inesperado, tanto que las palabras precedentes no han sido “te lo dije” sino “¡ah, caray!, ¿qué pasó?”. Fleming olvida al aire libre unas cajas de petri donde cultivaba bacterias, se ausenta unos días y cuando regresa las ve llenas de moho, hongos de Penicillium. Este beneficio colateral ha salvado millones de vidas. Los rayos X, el viagra, el marcapasos, el plástico, la radioactividad. Del accidente al hallazgo, la lista es amplia. La solución difícil de encontrar a muchos problemas tiene la misma lógica, está en otro lado.

En el marco del Foro Ciudadanos Opinan asistí a un encuentro con los dirigentes del Frente Ciudadano por México, Alejandra Barrales, Dante Delgado y Ricardo Anaya. Un ejercicio civilizado donde representantes de la sociedad civil expusimos propuestas para el desarrollo de México. El futuro dirá si nuestro mensaje fue entendido y valorado. Durante mi intervención aludí al contenido que escribí como coautor para ¡Es la reforma cultural, Presidente!, coordinado por Eduardo Cruz, obra que por estos días verá la luz. Expuse que la cultura debe verse como la solución a varios de los problemas crónicos de nuestro país, una solución no evidente (de ahí la complicación para aceptar sus beneficios colaterales).

El turismo, la gastronomía, nuestra riquísima historia, nuestros artistas y artesanos, son parte de la industria cultural, “la nueva economía”, una con activos mayores a los del petróleo. ¿Por qué entonces los temas asociados al desarrollo cultural se ven como accesorios y no como sustantivos? Por la misma razón que uno no encuentra las llaves perdidas por buscarlas donde hay más luz, aunque no sea el sitio donde se cayeron. Los reflectores ciegan el juicio del político.

La cultura tiene un poder sedativo en entornos violentos. Hay casos notables donde una intervención en zonas marginadas y en centros de readaptación social ha demostrado transformar la conducta de los individuos. La consigna “la cultura cura” es una expresión del poder de esta actividad como analgésico a muchos dolores sociales y terreno para el florecimiento de lo mejor del espíritu humano. La vocación de microempresas que hay en México es ideal para promover zonas dedicadas a la difusión y producción cultural. Se requieren políticas públicas y gobernantes sensibles que faciliten la incorporación de más personas en este sector.

México no va a cambiar cuando cambie el Presidente, cambiará cuando cambie el sistema. No me refiero exclusivamente al sistema político sino al sistema cultural, nuestro código cultural, nuestra forma de ser, ver, entender y hacer la realidad. Por eso dije que tenemos que pasar de pedir un mejor gobierno a ser mejores ciudadanos. Mejores ciudadanos son la semilla de mejores gobernantes, pretender lo inverso es esperar que llueva hacia el cielo.

Romper la inercia de impunidad y corrupción es posible, hay que reescribir las instrucciones del sistema cultural. Los sistemas moldean conductas, si logramos entender eso habremos avanzado para entender que no se trata de hacer más leyes sino de cumplir las que hay. ¿Por dónde empezar? Por lo más fácil, por un territorio cotidiano, democrático, común y (aparentemente) banal, tanto que ni si quiera amerita estar dentro de los objetivos de gobierno: transformar nuestra forma de comportarnos en materia de Vialidad y Movilidad. Respetar lo cotidiano y simple para luego respetar lo extraordinario y complejo. Cada esquina de las calles del país, cada paso peatonal, cada interacción entre un policía vial y un ciudadano es el gran teatro de la República donde se ensaya nuestra tragedia o nuestra potencial gloria. Si no podemos cambiar lo menor, no podremos cambiar lo mayor.

Futurizando, imagino la entrevista a un ex presidente de México: “¿Cómo logró lo que se veía imposible? Hizo que los mexicanos respetaran la ley, casi eliminó la impunidad y la corrupción, creó empleos, mejoró notablemente la seguridad”. Imagino la respuesta deliciosa y honesta: “Realmente, nada más quería ser recordado como el presidente de la cultura. Lo demás fue un beneficio colateral”.

La cultura no sólo es de artistas, también de estadistas.

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