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Future ando

Hace algunos meses visité a un querido amigo en su oficina. Su asistente, una protocolaria mujer que “toda la vida” ha sido secretaria, se dispuso a notificar mi presencia. Desenfundó una máquina de escribir IBM de los ochenta, insertó una pequeña tarjeta de papel en el rodillo y procedió a escribir: “Está aquí el Lic. Caccia”. Luego se levantó, mensaje en mano, tocó tres veces la puerta del jefe, entró a la oficina y cerró la puerta. Salió a los ocho segundos para decirme: “enseguida lo recibe”. En plena era del correo electrónico y los mensajes por celular, esta mujer seguía usando una forma arcaica de comunicación.

Esta estampa o, mejor dicho, su representación: la resistencia al cambio provocada por la tecnología es algo mucho más frecuente de lo que pensamos. Imagino que hace no tantas décadas muchas mujeres, aduciendo que el carbón o la leña eran mejores, se negaron al uso del gas en la cocina. Aunque la batalla la ganó el gas, no deja de ser irónico que platillos celebrados en lujosos restaurantes sean “a la leña”.

La forma de ver la vida en relación a la tecnología, y por ende a la ciencia, no es por supuesto una cuestión de género. Los temibles inquisidores del Tribunal del Santo Oficio impusieron injustas condenas, desde humillaciones públicas, torturas y horrendas formas de morir, contra hombres y mujeres que hacían cosas diferentes o pensaban contrario a la doctrina de la época. Qué difícil pero qué valiente es ser un Copérnico de entonces y de hoy; su De revolutionibus orbium coelestium expuso una verdad científica contraria al dogma. Paulatinamente el ser humano va cambiando su postura ante lo que considera verdad. Sin esta flexibilidad no sería posible el avance tecnológico. Particularmente en los siglos XVI y XVII, los pronosticadores del tiempo que hoy conocemos y que, gracias al avance de la tecnología, son bastante precisos, hubieran sido acusados de adivinación y condenados por la Inquisición.

Escuché un audio donde uno de los dialogantes especula que con los teléfonos inteligentes grandes obras de la literatura no hubieran podido cuajar sus argumentos. Decía, por ejemplo, que Hansel y Gretel no se hubieran perdido; habrían llamado por celular a su padre para avisarle que los pájaros se habían comido las migajas de pan que marcaban el camino de regreso. O que el más grande romance de todos los tiempos no habría tenido el funesto final si Julieta hubiera enviado un mensaje de texto: “Romeo, fingiré mi muerte”. Por supuesto, la buena literatura encontraría las formas de hacerse universal con o sin celulares de por medio.

Diserto todo esto mientras me divierte pensar cómo será el futuro, específicamente los empleos del futuro. La gran variable del cambio es la tecnología. La World Future Society, en su documento 70 jobs for 2030, avizora no sólo nuevas carreras para la humanidad sino las bases en las que surgirán futuras ocupaciones. Aunque por supuesto muchas de nuestras actividades serán suplantadas por máquinas, seguirá habiendo espacio para el ser humano en función de tres enfoques de desarrollo de nuevas carreras: el primero lo llama Retrofitting y consiste en añadir nuevas habilidades a trabajos ya existentes. Guías de turistas espaciales, estilistas y peinadores en ambiente de cero gravedad, seguramente existirán. El segundo es Blending o mezcla de carreras de diferente industria o especialidad. Un agricultor que además sea chef podrá subirse sin problema a la nueva tendencia de comer local y orgánico, será un agrico-chef. El tercer enfoque es básico, la Resolución de problemas. En la medida que avanza la tecnología, se crean nuevos problemas. Ya existen los detectives, pero ahora los hay cibernéticos. ¿Qué tal una nueva profesión llamada “Removedor de pasado en línea” (para quienes quieren borrar episodios non gratos)?

Imaginar es la antesala de la creación. En la saga Star Trek de los sesenta vi por primera vez los celulares. Las novelas de Julio Verne fueron presagio de hazañas épicas para la humanidad, en su momento imposibles. Mientras avanza la tecnología espero que mantengamos ciertos santuarios: la salsa hecha en molcajete es (hasta hoy) insuperable para cualquier licuadora. Me asalta, sin embargo, una duda fundamental: ¿quién o qué moverá el tejolote?

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