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Destilando graduaciones

Y ahí, donde los demás compartían el éxtasis de la música de un DJ entre efectos de luces y sonidos, yo imaginaba qué dirían el químico francés Gay-Lussac y el estudioso de la política Giovanni Sartori, en medio de aquel espectáculo, una graduación universitaria, aunque quizá el adjetivo correcto sea una graduación alcohólica. La primera se mide en semestres, la segunda en grados GL (Gay-Lussac), y las dos convergen en una pachanga de fin de curso, evento por demás lleno de significados y litros de alcohol para una clase privilegiada en México: el 2% de los que iniciaron estudios de primaria llega a graduarse en la universidad (tasa de mortalidad similar a la de las tortugas).
Este reducido grupo de nuevos profesionistas festeja en medio de pantallas. Nunca mejor aplicado el término de Homo videns. La sociedad teledirigida, donde el italiano Sartori anuncia la dictadura de la imagen. En la pista de baile la mega-pantalla es un gran altar donde los ojos dan certidumbre al oído, las canciones existen mientras tengan un video de testigo. Decenas de minúsculas pantallas se encienden como veladores en la oscuridad, los asistentes toman foto y video en un ritual que sería impensable sin esos recuadros brillantes.
Figura estelar de la noche, el DJ se erige en un pedestal tecnológico con el símbolo de una manzana, púlpito moderno bajo el que las multitudes se aglomeran en espera de ser seducidas por el talento de un alquimista del estado de ánimo de la tribu, sobre sus hombros recae la responsabilidad del “ambiente”. Embelesados por este gurú del beat, la multitud sabe leer señales inauditas: si el DJ levanta una mano, la música es doblemente buena, si levanta las dos, anuncia que la euforia es inminente. Aun en las bodas, el DJ ha desplazado a la música en vivo, muchos grupos musicales se han quedado sin trabajo; si siguieran la lógica de los taxistas contra Uber, protestarían por competencia desleal (la discusión puede ser interesante, fuera de sus creaciones, el DJ lucra con material que tiene derechos de autor).
Las botellas de alcohol, principalmente destilados de alta graduación, se vacían en las mesas. Atrás quedó la época en que la mujer se rezagaba en la carrera etílica, hoy ha tomado una significativa delantera y para ello tiene herramientas propias a la ocasión. El comité organizador ha tenido a bien repartir un paquete de sobrevivencia entre los graduados, una bolsa con artículos de primerísima necesidad: una botella de suero oral, un vasito o “caballito” para los “shots”, pastillas de ácido acetilsalicílico (aspirina), un sobre con sal de uvas y, finalmente, la joya de la corona: un recipiente plástico que a modo de gran biberón (¡además tiene luz propia!) servirá para evitar la molestia de regresar de la pista a la mesa para seguir tomando, algo así como el tanque de oxígeno de un astronauta. Esta “autonomía de combustible” permite a los jóvenes una ingesta continua y nomádica, ni siquiera interrumpida por otra decisiva aventura de la noche: ir a orinar.
Dependiendo del grado de alcohol en la sangre, el trayecto al sanitario puede ser rutinario o extremo. Con mirada estrábica y asidos a su bebida, varios zigzaguean en la aproximación final al mingitorio. Algunas chicas, incapaces de mantener el equilibrio, han renunciado a los tacones y caminan descalzas (en ocasiones usan sandalias que previamente les repartieron). No faltan las cortadas accidentales por algún fragmento de cristal.
Un patrón similar sucede en las graduaciones de preparatoria (y seguramente de secundaria). Es un hecho que en México se consume mucho alcohol a edades cada vez más tempranas. Recientemente el Senado aprobó cambios a la Ley General de Salud para combatir este tema. Poco se logrará a menos que se aborde como un fenómeno de nuestro sistema social (cultural).
De pleitos, vomitadas y caídas ya no hablé. La noche transcurre cercana al alba mientras el homo videns y el homo alcoholicus regresan la historia: pierden la capacidad de hablar.
Felicidades, graduados.

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