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Convergencia divergente

Del país de la obviedad: uno no encuentra lo que busca si lo busca en el lugar equivocado. Hace unos días murió trágicamente un excéntrico, ególatra, loco, misterioso, insoportable, obsesivo, raro, solitario, introvertido, enfermo mental y también genio matemático, Premio Nobel de Economía 1994; una mente brillante que inspiró la película del mismo nombre.

John Nash vio y vivió la vida a través de números, ecuaciones y pensamientos disruptivos. Llegó a la universidad con una breve recomendación: “Este hombre es un genio”. Saberse superior no siempre le abrió las puertas de la convivencia. Llegó a despreciar las clases para encontrar sus propias soluciones, retó a sus profesores. En su adultez joven fue diagnosticado con esquizofrenia, sus alucinaciones (auditivas, no visuales como se proyectaron en el cine) lo hicieron sentirse perseguido por “criptocomunistas” de traje y corbata roja, también por alienígenas que le enviaban mensajes cifrados. Llegó a pasar más tiempo en los hospitales psiquiátricos que en las aulas.

Cuando le preguntaban cómo alguien tan racional y lógico podía creer en aquellas insólitas presencias, decía que de la misma forma le llegaban los pensamientos numéricos que le aplaudían. Su tesis de doctorado en Teoría de juegos (Nash tenía 21 años) fue la semilla que 45 años después lo catapultó al Nobel. El modelo es hoy usado para predecir resultados a partir de distintos comportamientos (consiguió soluciones matemáticas a problemas cotidianos).

La escena de A beautiful mind donde se dramatiza el momento luminoso de su teoría de juegos es por demás valiosa para los jóvenes: Nash está con 4 amigos en un bar. Llega un grupo de 5 mujeres, una rubia destaca. Aunque son 5 contra 5, presumiblemente todos los hombres querrán aproximarse a la más atractiva para sacarla a bailar. Nash visualiza lo que pasaría si eso sucede. Mientras su mente divaga, sus amigos repiten una frase del que consideran padre de la economía moderna, Adam Smith, en una competencia, “la ambición individual sirve al bien común” (cuando cada quien en un grupo hace lo que es mejor para él mismo). Nash les explica que si todos se lanzan por la rubia, se bloquearan mutuamente y nadie la conseguirá. Si luego van por las amigas, serán rechazados; ellas no querrán sentirse plato de segunda mesa. Si ninguno va por la rubia, 4 conseguirán bailar y no se habrán bloqueado.

El modelo de Nash, enfocado en entender la dinámica de la conducta y el conflicto entre humanos (analizando estrategias usadas en juegos, como el póquer), demostró que la mejor solución es aquella donde el resultado es mejor para el individuo y para el grupo. Actualmente es aplicado en diversas disciplinas: economía, biología evolutiva, estrategia militar y de negociación, en fin, en cualquier ámbito donde se analicen alternativas para dar con el mejor resultado posible. El mundo lo conoce como el Equilibrio de Nash.

Pocos políticos o empresarios buscarían soluciones en campos divergentes como las matemáticas. Cuando empecé mi búsqueda para entender la innovación y el comportamiento del consumidor, no toqué las puertas del marketing y de la investigación de mercados, toqué las puertas de la psicología, la antropología, la sociología, la neurociencia, la semiótica, la biología, fascinantes sitios a los que he añadido la psicología evolutiva, la arquitectura, el urbanismo, la filosofía y la economía del comportamiento. Es a través de una especie de convergencia divergente donde uno encuentra respuestas a problemas que durante mucho tiempo no han tenido solución, o han tenido la misma ineficiente respuesta. En la cabeza de un genio matemático hubo esta convergencia divergente, imagino que en mentes privilegiadas como Newton y Da Vinci pasó algo similar.

El próximo sábado Nash cumpliría 87 años. Sus últimos lustros fueron lúcidos y activos, extrañamente la esquizofrenia terminó cuando él decidió controlar sus alucinaciones. Su historia inspira la extraña obviedad: buscar soluciones en sitios descabellados.

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