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Altar de vivos

En mi altar de vivos literarios he decidido poner a Ernesto Sabato. Como si hubiera visto el futuro de México o nos mandara un mensaje del más allá, el extinto escritor escribió un libro genial donde afirma “Estamos a tiempo de revertir el abandono y esta masacre”. Por supuesto que el argentino no se refiere a ninguna de las atrocidades que recientemente padecemos. La suya es una reflexión sobre la condición del hombre contemporáneo en donde lo llama a ofrecer una resistencia para contrarrestar la tragedia que supone que el hombre pierda el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea.

Editado en el año 2000, La Resistencia cobra vigencia de la misma forma que hoy descargamos una actualización de la red. Lejos de ver la invasión de celulares inteligentes y familias de tabletas digitales, que son parte inescapable de la vida moderna, Sabato dirigía sus baterías contra el ataque invasivo de la pantalla televisiva y su “efecto entre mágico y maléfico” producto, especula el creador de El Tunel, del exceso de luz que nos captura, de la misma forma que un farol nocturno convoca moscardones y sabandijas aladas.

Ajeno a las pantallas de alta definición (ahora de bolsillo), Sabato leyó el futuro: “Muchas veces me ha sorprendido cómo vemos mejor los paisajes en las películas que en la realidad”, y hace un llamado apremiante por reconocer los “espacios de encuentro”, ese contacto con la realidad, dado que “al ser humano se le están cerrando los sentidos”.

Me parece que la verdadera luminosidad no está en las pantallas sino en la reivindicación de la presencia de lo humano, “el pequeño lugar”, la charla de sobremesa, la felicitación de cumpleaños que se da de viva voz o, mejor aún, con la calidez de un abrazo, un paseo matinal, ver llover, en fin, más humanidad que nos devuelva una realidad desaparecida.

También he puesto a Juan Villoro en mi altar de vivos. Esta semana tuve el placer de escucharlo hablar sobre “la desaparición de la realidad”, una profunda reflexión donde, entre otros ángulos, nos dice que hay pocas cosas tan misteriosas como lo cotidiano, y hace una exhortación para recuperar lo común, la novedad de lo diario, de cara a una vida virtual, de presencias espectrales, que cada vez parece abarcarlo todo.  Me quedo con su pregunta: ¿Dónde queda la experiencia sensible?

Por alguna circunstancia me atraen los relojes antiguos. Sabiendo mi lado arqueológico, mi esposa (lo he contado ya) me regaló un viejo reloj de cuerda con el que cada noche disfruto girar la corona, escuchar su marcha y el recorrido de los engranes que no veo, pero siento en las yemas de mis dedos, un recordatorio de vivir ese “pequeño lugar” cargado de humanidad. Mi reloj, más que un instrumento para medir el tiempo, es un símbolo de mi propia resistencia, de mi afán por recuperar la realidad desaparecida ante el embate de correos electrónicos, tuits y otras invasiones de las pantallas digitales.

Aunque mecánico, mi reloj tiene mucho de humano. Obra de un ensamble profundamente manual y paciente, ajeno a cualquier batería de litio, pero eso sí, armado de puentes, tijas, barriletes, rochetes y trinquetes (palabras extintas de los modernos mecanismos de cuarzo), noté que cada día se retrasaba, acaso agotado por los años, un par de minutos. El relojero que lo destapó no pudo contener la emoción, como el mecánico que levanta el cofre ante un auto clásico que tal vez sólo había visto en algún catálogo. Mi reloj carece de marca y por dentro ostenta una realidad que sólo aprecian quienes saben de la minuciosidad con la que se mueven los detalles humanos de la vida. Luego de un milimétrico ajuste, el relojero lo cerró. Cuando me lo entregó, su recomendación fue terapéutica: “no le pida mucho”.

Así está mi altar de vivos, con dos grandes escritores, un llamado a resistir y rescatar la realidad perdida, y por supuesto, con mi viejo reloj (que ya no se retrasa). Entre Sabato y Villoro el tiempo adquiere una consigna manual: a la realidad hay que darle cuerda.

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