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Abajo el Gran Hermano

Mucho se ha escrito sobre el espionaje de Estado que durante la semana cimbró a la opinión pública. Hace poco escribí (“Postprivacidad”, Reforma, 21-05-17) que vivimos en una era donde estamos dejando un rastro digital, en la que nuestra vida privada está al alcance de los analistas de la gran información, el Big Data. No es que nos espíen sino que nuestra cotidianidad es reportable vía el teléfono inteligente, una invención que ha impactado la vida contemporánea y que será vista con el paso del tiempo como lo fue el fuego, la rueda y el automóvil.

La facilidad tecnológica tiene también su lado vulnerable, más cuando se es blanco de espionaje altamente sofisticado. Mi interés hoy es explorar qué motiva la conducta humana para espiar.

El miedo ha sido uno de los grandes motivadores del ser humano. Así como en el argot policiaco se dice “sigue el dinero”, yo digo “sigue el miedo”. Mi hipótesis es que el miedo es el motivador del gobierno. No está mal que un gobierno tenga miedo, pero de los naturales enemigos del Estado, terroristas, bandas del crimen organizado. Si se ha decidido espiar a activistas sociales que buscan un mejor país, periodistas promotores de la transparencia, investigadores que sacan a la luz información incómoda para el gobierno, la pregunta obligada es ¿por qué el gobierno mexicano le tiene miedo a un grupo de ciudadanos que no son enemigos del Estado? Lo voy a responder así: si yo fuera un ladrón y entro a una tienda de autoservicio para robar, estaría muy interesado en bloquear las cámaras de seguridad y las pantallas que me exponen ante los demás. La verdad y la transparencia pueden ser enemigos del gobierno, no deberían serlo del Estado.

“Estamos asustados por la fragilidad y la vacilación de nuestra situación social, vivimos en la incertidumbre y en la desconfianza en nuestros políticos e instituciones”. Son palabras que parecen encajar en la realidad nacional. Las dijo el eminente Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, quien a sus 86 años conservaba una lucidez envidiable para señalar que ante el cortoplacismo y el ataque de lo efímero “nuestra única certeza es la incertidumbre”. Para el sociólogo polaco hay dos valores indispensables para el florecimiento de la vida humana: seguridad y libertad, pero apuntó la paradoja: a mayor libertad, menor seguridad, a menor libertad, mayor seguridad.

Los mexicanos hemos ampliado nuestro rango de libertad respecto del siglo pasado. El régimen autoritario, la “dictadura perfecta”, fue cediendo espacios de control ante presiones cada vez más fuertes. Esta libertad no ha venido acompañada de un fortalecimiento institucional sino de una multiplicación de caudillos donde el gobierno tiene menos control que antes, lo que explica nuestra libertad y, diría Bauman, nuestra falta de seguridad. ¿Qué tanto de tu actual libertad sacrificarías en favor de tu seguridad y la de tu familia? La respuesta no es fácil, he ahí el conflicto que nos dejó el autor de Miedo líquido: La sociedad contemporánea y sus temores.

Es inevitable pensar en la Policía del Pensamiento de la multicitada novela de George Orwell, 1984, donde Winston Smith, el protagonista que persigue permanecer humano ante lo inhumano del control estatal, comete el peor de los crímenes: piensa contrario al Estado totalitario y lo manifiesta escribiendo repetidas veces en su diario: “Abajo el Gran Hermano”. Los periodistas aludidos en el caso del espionaje con el sofisticado sistema israelí Pegasus nos recuerdan a Winston, su “crimen” ha sido el peor de todos, el del pensamiento, han denunciado, han sacado a la luz información que no le conviene al gobierno, han promovido iniciativas tan saludables para la transparencia y la rendición de cuentas como la Ley 3 de 3, son figuras incómodas para quienes quieren mantener en lo oscuro su paso por la política mexicana.

El hombre de la cueva necesitaba espiar a sus vecinos. Necesitaba la certeza de que al salir a cazar, los suyos quedarían a salvo, que el cavernícola de al lado no se comería a su esposa y a sus hijos. Tenía miedo a los depredadores y a los fenómenos naturales. Este miedo e incertidumbre siguen con nosotros y hacen las palabras de Bauman cada vez más sonoras: “el único largo plazo es uno mismo”.